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Enero - Febrero de 2009 · nº 38

El sistema electoral es cuestión de soberanía
Col.lectiu Tempora Mutatur

Aún recordamos el desconcierto en la cara circunspecta de don Landelino Lavilla al conocer los resultados estrechos de su formación. Efectivamente en esa noche aciaga de 1982 vio como la UCD que lideraba y que había ungido la transición se hundía irremediablemente. Poco ayudó a la amortiguación de la derrota el también rígido semblante del traspasado presidente de gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, que además se quedó sin acta por Madrid. Con un 6,77% y millón cuatrocientos mil votos obtuvieron once diputados. Sus más directos verdugos de AP, con el 26,36% y cinco millones y medio de votos, obtuvieron noventa y siete actas. El presidente Suárez debutando con su CDS se quedó con la mitad de votos y porcentaje de su antigua formación y únicamente dos escaños. Años después el CDS desaparecerá del arco parlamentario aun a pesar de haber cosechado en las legislativas de 1993 cuatrocientos mil votos. En esa contienda Coalición Canaria con la mitad de los sufragios de sus antiguos correligionarios y un 0,88% se llevó cuatro diputados. Es difícil imaginar que los prohombres del centro derecha español pensasen a mitad de los setenta que el sistema electoral que imponían en el momento del cambio de régimen, coadyuvase en pocos años a su desaparición de la escena política.

 

Las minorías, penalizadas

Mucho se escribió sobre la caída de la UCD, pero quizás sin dar demasiada importancia a que fenecieron también fruto de las propias limitaciones del sistema electoral que idearon, pensamos algunos, precisamente para zancadillear a la izquierda, en especial la comunista. El PC primero y después IU-IC han ido pagando, elección tras elección, la rémora de nuestro sistema proporcional, arrojándoles en la presente legislatura a una presencia menos que simbólica con dos escaños, obligándoles a asociarse con ERC para poder formar grupo parlamentario en el Congreso. Ello con casi un millón de votos. Es decir con diez millones menos que el PSOE, pero con ciento sesenta y siete escaños de escandalosa diferencia. Por cada millón, los socialistas obtuvieron algo más de quince actas mientras que sus adversarios en la izquierda debieron conformarse con dos.

Rosa Díez ha captado acertadamente el panorama y en ejercicio de un notable olfato para la subsistencia, en su primera intervención parlamentaria, olvidándose de su ideario ultracentralista, anunció que su primera iniciativa legislativa sería proponer una reforma del sistema. Díez recordó que el PNV y su UPD obtuvieron los mismos trescientos mil y pico de votos, los nacionalistas españoles con tres centenares de sufragios de ventaja sobre los vascos, mientras que éstos se llevaban seis actas y ella obtenía la única representación de la nueva formación. Podríamos seguir ejemplarizando las paradojas de nuestro sistema electoral en múltiples y chocantes ejemplos. Queda quizás resaltar que más de un perspicaz analista nos recordaba antes de marzo que cabía la posibilidad de que ganase el PSOE en votos y el PP en diputados. En fin se imaginan como se hubieran puesto la derecha, que más que probablemente no hubiera gobernado por un acuerdo del resto del arco. No se lo quieren ni imaginar verdad. Nosotros tampoco.

Un fontanero de los populares nos confesó estar convencido que llevándose el último diputado en un puñado de provincias poco pobladas, con una diferencia mínima de votos con los socialistas, era plausible el "sorpaso" en diputados. El sistema ya produjo el resultado de dos vencedores en las elecciones autonómicas catalanas de 1999, cuando el president Maragall se proclamaba ganador moral al obtener más votos y el president Pujol ejercía de líder realmente existente al cosechar mayoría de escaños.

 

Crece el bipartidismo

Parece claro que nuestro sistema electoral lleva demasiados años maltratando a formaciones con una notable cuota de voto en la suma del conjunto de circunscripciones que no se ven recompensadas en representación en el Congreso, lacerando de forma especialmente sangrante a IU-IC. No podemos pasar por alto tampoco que las últimas legislativas marcan una tendencia bipartidista evidente, espoleada además por el sistema. El vaciamiento en votos de todos en relación a los dos grandes parece inexorable. Así la suma de PSOE y PP alcanza el 83,75% de votos mientras que en 2004 significaba el 80,28% y en 2000 el 78,68%. Es evidente que fue uno de los efectos queridos por los padres del sistema, pero cuidado porque en una sociedad cada día más dividida gracias al profundo desencuentro de nuestra derecha extrema y el resto de formaciones, puede producir fracturas difíciles y complejas de superar gracias a la paradoja que podríamos acuñar, en este supuesto plausible, de un país y dos vencedores.

Es de esperar que la promesa del PSOE, atendiendo a la exigencia de Llamazares en la sesión de investidura, de estudiar en esta legislatura la modificación del sistema se cumpla. Es una exigencia histórica impostergable rediseñar el sistema electoral como máxima expresión de la soberanía. Efectivamente el debate sobre el sistema electoral debe partir de ese concepto, pues nuestra democracia se pasaría de frenada si siguiese ninguneando a todos los ciudadanos que sistemáticamente son excluidos de representación legislativa por votar a las formaciones perjudicadas.

Recuérdese que la Constitución establece que los partidos políticos son el instrumento fundamental de representación de la voluntad popular (artículo 6) y que nuestro estado social y democrático propugna como valor superior la igualdad y el pluralismo político (artículo 1). El sufragio igual es además un derecho humano amparado en la Declaración Universal de Derechos Humanos (artículo 21). No es aceptable que el sistema favoreciese la desaparición de la sensibilidad que ocupaba la UCD/CDS, además hoy lo pagamos en fractura social mediante el persistente desencuentro entre la derecha y el resto de formaciones que configura una especie de dos Españas.

Igualmente inaceptable es que al votante fiel del PCE/IU-IC, pongamos por caso en Ávila donde en las última legislativas obtuvo el 2,6% o en otras provincias poco pobladas aunque obtenga por encima del 10%, lleve treinta años viendo como le cercenan el voto, pues su sufragio jamás obtendrá representación provincial con esos porcentajes, pero tampoco se sumará en el conjunto de España, provocando que la tercera fuerza política en las última contienda no obtuviese prácticamente representación.

 

Hacia un sistema mixto

Las causas son bien conocidas, la Constitución define como circunscripción electoral a la provincia y la ciudades de Ceuta y Melilla. La Ley Electoral de 1985 impone un tope del 3% provincial. El sistema de asignación, únicamente en circunscripción provincial, es de cifra repartidora como el Hont poco proporcional. Las recetas pueden ser muchas y a nosotros, después de un debate con una cascada muy interesante de propuestas, desde un sistema totalmente proporcional en circunscripción conjunta a la conversión de las comunidades autónomas en provincia única, nos parece que debe apostarse por un sistema mixto con cotas mayores de proporcionalidad y abierto a nuevas experiencias de participación y control ciudadano. Que siga sustentado en los partidos políticos como axioma constitucional de representación, pero que abra una ventana más directa entre electores y elegidos. Un sistema que corrija en circunscripción única la desproporción actual.

Estamos hablando de algo parecido al sistema alemán. Cada votante tiene dos votos. Con el primero, en unas doscientas circunscripciones territoriales más o menos proporcionales a población, pero asegurando un mínimo territorial homogéneo, elige a un diputado por sistema mayoritario. Con el segundo vota una lista única para toda España (en el Bundestag es por Estados Federados), repartiéndose otros doscientos escaños de forma proporcional mediante el cociente Droop o el Hare alemán y fijando como mínimo, en sustitución del 3% actual, el matemático del cociente entre votos y número de escaños. En todo caso al final, con alguna corrección, cada formación deberá obtener tantos escaños proporcionales como porcentaje obtenido en el colegio único, pero empezando la asignación por los nominales y siguiendo por los de lista. En caso de obtención de más escaños nominales que por lista se amplía el número de diputados y entran todos los directos. El sistema atenúa el voto mayoritario territorial y el resultado final se asemeja más a la expresión proporcional de los sufragios.

El modelo, aunque complejo, por descontado tiene, al margen de mayor proporcionalidad, grandes virtudes y puede que sea un acicate para romper la tendencia abstencionista. Posibilita un juego creativo de voto a dos opciones muy adecuado para los votantes atenazados por el voto útil. El modelo propuesto, con los debidos encajes, debería conjugar la inclusión de las opciones de voto disperso en el conjunto, hoy penalizadas, y no castigar a los nacionalismos periféricos. Exige, claro está, una reforma constitucional para suprimir la provincia como circunscripción y el mandato del límite de 400 diputados, así como una nueva Ley Electoral. Pero después de treinta años de democracia a nosotros nos parece que la política debe darnos aún, al conjunto de ciudadanos, más oportunidades de desarrollar aquello que a todos nos iguala: la soberanía popular.



Col.lectiu Tempora Mutatur.

Sentencia latina: “Tempora mutatur, et nos mutamur in illis”: “Los tiempos cambian y nosotros con ellos”.



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