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Diciembre - Diciembre de 2009 · nº 44

La transformación del mundo audiovisual español
Manuel Campo Vidal

Si me lo permiten, vamos directamente al fondo de la cuestión. Estamos convencidos que el mundo audiovisual español vive la más profunda transformación de su historia. Ni con la llegada de las televisiones autonómicas en los 80, ni con la autorización de las privadas en 1990, se han producido cambios tan intensos y, además, a una velocidad tan vertiginosa.

Saldremos, les adelanto mi conclusión. Saldremos adelante pero saldremos diferentes sin duda: en las empresas, en las programaciones, en los hábitos de consumo y en las alianzas con otros medios de comunicación emergentes como es Internet, comos son las redes sociales.

La crisis económica globalizada crea unas condiciones severas para esa transición. Pero está claro que no explica por sí sola la difícil situación actual.

Creo que ese titular del diagnóstico de la situación excepcional que vivimos lo comparten tanto los representantes de las televisiones privadas, como los de las públicas y desde luego la mayoría los profesionales del medio.

Caben matices, pero hay acuerdo de fondo sobre ese análisis. Todas esas televisiones y los profesionales que así lo desean -un millar aproximadamente- están representados en la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión, que me honro en presidir. Ese es nuestro análisis de mínimos compartido con todos. Y nuestra voluntad es la de convertirnos en un faro de referencia para esa difícil travesía.

 

Tres factores

Me gustaría referirme a las razones específicas de esta transición y apuntar por qué es tan profunda, tan intensa y a tan alta velocidad.

Considerábamos, hasta ahora, que las razones por las que el mapa audiovisual de un país se transforma eran fundamentalmente tres y bastaba con una de esas tres para modificarlo: un factor (o un motor), tecnológico, un factor económico y un factor político. Se diría que, en nuestro caso, en la actualidad, esos tres motores de cambio están actuando simultáneamente y a la máxima velocidad.

En el caso del motor tecnológico, porque el salto de la televisión analógica a la digital, está favoreciendo la multiplicidad de canales; en consecuencia, la fragmentación de las audiencias. Eso hace que estemos avanzando hacia un nuevo escenario en el que debemos revisar profundamente el modelo de negocio televisivo y, en consecuencia, la viabilidad de las empresas.

Hay más: el salto de lo analógico a lo digital, permite además la recepción de televisión en distintas pantallas. Estamos por tanto, no sólo en una sociedad multicanal, sino también en una sociedad multipantalla. La televisión puede verse también en el ordenador, en el móvil y en el coche, lo cual abre posibilidades muy importantes.

En segundo lugar, la acción del motor económico es evidente. El hecho de que pasemos de cinco o diez canales a cuarenta y, además, canales gratuitos salvo excepciones, hace que las audiencias se fragmenten y que el modelo de programación deba revisarse. Pero si a ello se añade el hecho de que la publicidad ha sufrido una caída muy importante -y eso es cierto también para los periódicos, y algo menos para la radio- deberemos admitir que los ingresos de la tarta publicitaria se revelan insuficientes para sostener todo el sistema. Más claro: la tarta publicitaria no crece pero aumentan los que demandan una porción de la misma.

En tercer lugar el motor político que, en algunas ocasiones, resulta determinante incluso cuando no actúa el motor tecnológico ni el motor económico. Por los casos que estudiamos en distintos países del mundo, la autorización de las televisiones privadas o la decisión política de retirar o limitar la publicidad de la televisión pública, o la concesión de nuevas licencias, o ampliar la televisión de pago, o cualquier otra medida de este orden, bastan para alterar el mapa de la comunicación. Todo, todo eso, se ha dado en nuestro país en un plazo muy breve de tiempo.

Por lo tanto, hoy tenemos en España una agitación muy importante de este mapa de la comunicación porque los tres motores que producen el cambio -repito: el factor tecnológico, el económico y el político- actúan con intensidad máxima.

 

Internet: el cuarto factor

Pero hay más: por si fuera poco, todo esto se produce en coincidencia con un cuarto factor de gran importancia: la aparición de nuevos medios de comunicación y básicamente de las inmensas oportunidades que abre Internet.

Atención: porque Internet es un nuevo soporte de comunicación y también un nuevo medio. Como soporte, es el primero de la historia que absorbe y reproduce todos los medios anteriores: prensa, radio, televisión y cine.

Además el usuario es el que hace la pauta de la programación. Las cosas se ven cuando quiere el consumidor, no cuando decide el programador.

Pero Internet, además de multisoporte de medios clásicos, alberga nuevos medios vinculados a redes sociales.

La repercusión por la aparición de Internet probablemente, todavía hoy, no sepamos valorarla en toda su profundidad. En esta misma tribuna escuchábamos a Juan Luis Cebrián hace pocas semanas decir que por el sistema de prueba-error los periódicos están tratando de convivir con sus ediciones digitales. En el caso de la radio hay otro tipo de experiencias y en el caso de la televisión estamos presenciando la convergencia, la integración de programas en plataformas de contenido. Internet nos abre la posibilidad de un modo de consumo distinto de la televisión. Ya no hace falta estar en el salón de casa si no que, como hemos visto,  algunas cadenas -Televisión Española lo ha hecho y Antena 3 también- estrenan sus novedades en la Red y así generan un marketing distinto. Se consume televisión en otro soporte y a hora distinta de la programada.

Aún podríamos decir que existe un quinto motor de cambio en el mapa mediático: la profunda transformación de los hábitos de consumo por parte de la ciudadanía. En primer lugar, hay muchas personas que quieren producir sus propios contenidos y enviarlos a la televisión. Se acaba el receptor estático. Ahí tenemos los fenómenos de Youtube, la explosión comunicativa que han sufrido los blogs, etc. En segundo lugar, hay una tendencia a consumir televisión de una forma breve, de una forma rápida y de una forma muy selectiva. Eso hace que la audiencia, especialmente la que tiene menos de 35 años, esté exigiendo -y es difícil percibirlo todavía así-, nuevas formas de hacer televisión y, sobre todo, nuevas formas de conectar directamente con la audiencia.

 

Las redes sociales

No podemos pasar por alto o no valorar suficientemente la importancia de las audiencias de las redes sociales. Hace ahora justamente un año, se demostró su importancia en la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Se diría que Barack Obama ha sabido incorporar el nuevo medio emergente que son las redes sociales con una eficacia que sólo en la historia de los medios, -en la relación entre política y medios de comunicación- encontramos precedente en la hábil utilización del medio emergente -entonces la televisión- que hizo el presidente John Fitzgerald  Kennedy -recordemos aquellos debates en televisión- y antes, en los años 30, sucedió los mismo en la radio con Franklin Roosevelt.

Lo que Franklin Roosevelt es a la radio, lo representa Kennedy con relación a la televisión y Obama con la utilización de las redes sociales. Nada será igual a partir de ahora. Ni en el mundo de las campañas políticas, probablemente ni en el mundo de las campañas comerciales, ni desde luego en la interacción entre medios de comunicación nuevos, a partir de los acontecimientos que vivimos hace un año. Lo prueba el hecho de que en España 14 millones de personas estén vinculadas a redes sociales, según los últimos indicadores.

Todo eso sucede simultáneamente. Todos esos fenómenos y la acción de esos motores se dan cita en el mismo momento sobre nuestro mapa de la comunicación. Y todo eso sumado, nos conduce a una situación realmente de revisión muy profunda del mapa de la comunicación. Una situación de la que saldremos, por supuesto que saldremos, pero saldremos diferentes. Saldremos diferentes, probablemente quizás, con una reordenación accionarial de las empresas televisivas, en los nombres propios de los directivos, en los programas que concitan mayor interés por parte de la audiencia y seguramente saldremos con la combinación de distintos medios de comunicación, porque cada vez está más diluida la frontera, por ejemplo, entre televisión e Internet, como sucede también con otros medios.

 

El muerto es un vivo

Vaya por delante mi confianza en el futuro aunque sea distinto a como lo imaginábamos. Pero también el convencimiento pleno de que se equivocan de forma garrafal quienes están anunciando la muerte de la televisión, o en particular, la muerte de la televisión generalista.

Siempre que ha nacido un nuevo medio de comunicación, lo saben ustedes y la historia de los medios lo demuestra, se oficiaron funerales por el anterior. Cuando apareció la radio de la mano de Marconi en 1895 se dijo que la prensa, que se había asentado en el siglo XIX, moriría. Cuando apareció la televisión, en Europa fue en la década de los 50, cuando empezamos a recibir las señales de televisión de explotación comercial, también se dijo que la radio estaba sentenciada.

Todavía se arrastra por los hit parades del mundo alguna canción cuya letra dice: “El vídeo mató a las estrellas de la radio”. Y saben ustedes que la prensa y la radio gozan de buena salud estructural, aunque la seria afección gripal del momento de crisis también les afecte.

Cuando apareció la televisión temática, primero con la televisión por cable y satélite, y después con la televisión digital, también se pronosticó que la televisión generalista desaparecería. Quiero expresar aquí mi convencimiento, y el de los académicos con los que he discutido esta cuestión, de que la televisión generalista se mantendrá en el futuro con fuerza. Otra cosa es que tenga que adaptarse, pero sobrevivirá con fuerza por dos razones: una económica y otra sociológica.

La razón económica es que la publicidad busca en algunos medios de alta audiencia la vía para enviar rápidamente mensajes a la mayor parte de la población, como nuevas ofertas comerciales.

Nadie lo ha descrito tan gráficamente como Mauricio Carlotti cuando dice que la diferencia entre un trozo de pan de 20 gramos y veinte migas de pan de 1 gramo es la dificultad para extender la mantequilla en las veinte migas. Para Carlotti la mantequilla es sin duda la publicidad.

En segundo lugar, también porque desde el punto de vista sociológico y eso, a mi juicio, se ha infravalorado siempre, la televisión además de informar, formar y entretener, es un gran instrumento de compañía. Y un instrumento fundamental para compartir, para sentirse miembro de una comunidad. Hay muchas personas, y no solamente de la tercera edad, para las que la televisión representa lo que el profesor Emilio Prado decía con relación a la radio hace ya unos años, “el telón de fondo” de la casa. Convivir con la televisión, hacerse compañía, participar de la sociedad que compartimos.

Todavía se podría decir -no tenemos tiempo para ello pero si alguien quiere luego lo ampliamos- que hay instrumentos tecnológicos complementarios que reforzarán el mantenimiento de la  televisión generalista, más allá de todos los mecanismos que conocemos. Pienso, por ejemplo, en el caso en Estados Unidos  del “TIVO”, aquí más conocido como “In Out” para seleccionar programas. Y en el caso de Italia es muy interesante, y el grupo Mediaset participa de ello, el experimento de “Best TV”.

Me gustaría en este punto decir, desde la Academia, que la televisión es mucho más importante en la vida de los ciudadanos, y de forma especial en la vida de los ciudadanos españoles, de lo que se le concede. De ahí nuestra reivindicación de la dignidad de la televisión como medio y de la dignidad de los profesionales que la hacen posible todos los días.

La percepción en la calle a veces es distinta porque hay medios de comunicación que se dedican sistemáticamente a criticar a la televisión, y están en su derecho, pero creo que en algunos casos se hace con evidente injusticia. Y es verdad, también y hay que reconocerlo autocríticamente, que hay algunos programas de televisión que no contribuyen precisamente a que sea considerada como un medio de prestigio. También podríamos decir, pero eso no nos exime de nuestras responsabilidades, que en la radio y en la prensa suceden fenómenos parecidos.

 

Motor de modernidad

Creo sinceramente que la televisión en el caso español hizo aportaciones  muy importantes a la sociedad. Está pendiente el reconocimiento de esa labor. Este es uno de los elementos fundamentales que impulsamos desde la Academia de la Televisión porque, fíjense, cuando nace la televisión en 1956, España era un país atrasado en lo cultural, en lo económico y en los hábitos de vida. La televisión acabó convirtiéndose, más allá de la manipulación por el gobierno de entonces, en un instrumento por el cual entraba una pequeña corriente de modernidad. Discontinua, enmascarada, pero entraba.

Quiero en este punto rendir homenaje a aquellos profesionales –periodistas, realizadores, guionistas, productores, etc.- que en la Televisión Española de entonces, se jugaron su puesto de trabajo y muchas veces más que su puesto de trabajo, precisamente por contribuir a que la televisión fuera esa ventana abierta hacia la modernidad de países alejados políticamente de nosotros y sin embargo tan próximos geográfica e históricamente.

Después, cuando comienza la Transición política en España, era necesaria la creación urgente de consensos constitucionales y la televisión fue el instrumento absolutamente fundamental para que en el imaginario de millones de ciudadanos de este país se dibujara aquello que el sentido común  ya dictaba: mejor la libertad que la dictadura. También contribuyó la prensa, desde luego, pero en la creación de amplios consensos constitucionales en la Transición española, admirada por todo el mundo, la televisión fue decisiva.

Y lo mismo podríamos decir cuando llegan las televisiones autonómicas. Algunas de ellas resultaron fundamentales para la normalización de la lengua, en el caso de los territorios donde existe una lengua distinta. Para la normalización de la lengua y la recuperación y el refuerzo de la identidad en las comunidades autónomas históricas preferentemente. En otros casos, como en Andalucía, que es una comunidad autónoma tan grande geográficamente como Portugal, se favorece la vertebración del territorio a través del mensaje de la televisión autonómica andaluza.

Y qué decirles de Castilla-La Mancha que cuando buena parte de los que estamos aquí estudiábamos en la escuela, las provincias pertenecían a otras regiones. La televisión, para concretar esa identidad, ha sido absolutamente fundamental.

También hay que reconocer la contribución a la modernidad de España que después, ya en los años 90, introducen las tres televisiones privadas del momento: Antena 3, Telecinco y Canal+. Y así sucesivamente.

Estamos en una profunda transformación del mundo como todos saben. Estamos dejando atrás la sociedad industrial para entrar en la sociedad del conocimiento, y la televisión, con todas sus deficiencias, pero también con todas sus ventajas es un instrumento de contribución para entender ese salto tan importante que está haciendo nuestra sociedad y en general toda la Humanidad, y que no sólo se expresa a través de la televisión sino a través de todos los medios: la prensa, la radio, la televisión y por supuesto, Internet.

 

Un nuevo marco

Todos estos cambios exigen reformas legislativas, exigen nuevas iniciativas para la construcción de un nuevo marco de referencia al mismo tiempo que se tratan de resolver las incertidumbres y los desafíos diarios. Como en su día dijo el presidente del Gobierno Adolfo Suárez, refiriéndose a la Transición política, aquí también “tenemos que cambiar las cañerías sin cortar el agua”.

A nuestro juicio conseguir un marco para que el negocio televisivo, para que la realidad televisiva sobreviva en buenas condiciones, exige un diálogo que entendemos que no se está dando con toda la amplitud y la fluidez necesarias.

Hemos reclamado desde la Academia de Televisión, y lo reiteramos de nuevo aquí, que desearíamos un mayor contacto con el Gobierno, con los grupos parlamentarios -y aquí hay diputados, senadores y eurodiputados de distintos partidos cuya presencia agradezco- y en general con todos aquellos actores que tengan que ver con la definición de este nuevo mapa, de este nuevo marco. Sólo del diálogo eficaz nacerán los consensos necesarios para que cualquier decisión legislativa o del gobierno, perviva en el tiempo y no deba ser revisada en cuanto cambie el signo de las mayorías, o en cuanto se produzca cualquier incidencia que invite o que exija una modificación.

Lo que ha sucedido recientemente con la retirada de la publicidad en Televisión Española sin escuchar, sin dialogar con la propia televisión afectada, pensamos que no es buen camino para lograr ese consenso necesario.

Es más: cada país puede financiar su televisión pública del modo que crea oportuno, por un canon como en Inglaterra, por la publicidad, por subvenciones, etc. Como sea. Pero parece arriesgado cambiar el sistema, como en España, sin las garantías suficientes del modelo alternativo. Que no sea esto la antesala del debilitamiento y, peor, de la desaparición de la televisión pública porque romperíamos la convivencia pública-privada que ha presidido nuestro sistema.

Sería grave crear las condiciones de mercado que hicieran inviable la supervivencia en buenas condiciones de la televisión privada, pero así mismo debemos cuidar las condiciones para que sobreviva la pública. Ese es el modelo que se dio Europa, el de la convivencia, no sin rozamientos desde luego, pero sería bueno preservarlo.

Estamos escuchando en estos días declaraciones rotundas, como por ejemplo, la del Consell Audiovisual de Catalunya que dice textualmente: “El modelo de TDT local es insostenible”. El informe del organismo que preside Ramon Font no se anda con rodeos. Creemos que esa opinión hay muchas personas, asociaciones y organismos que la comparten, aunque haya sido sólo el Consell Audiovisual de Catalunya quien se ha atrevido a decirlo de una forma tan clara.

 

La burbuja audiovisual

Escuchamos en este mismo Foro de la Nueva Comunicación antes del verano una conferencia de José Miguel Contreras en la que decía que “la televisión actual va a quedar sepultada por las aguas” y añadía que “habrá que subir a las colinas para refundar desde allí las poblaciones. Es decir, para refundar el negocio televisivo”. Porque igual que existió una burbuja inmobiliaria se ha creado una burbuja audiovisual, decía, a mi juicio acertadamente, Contreras.

Veremos si todo esto se cumple, pero es verdad que “este es el país de Europa que más televisiones públicas tiene”, si sumamos las nacionales, las autonómicas y las locales. Y también es cierto que es el espacio televisivo que tendrá mayor oferta de televisión gratuita, pública y privada, generalista y temática.

En ese cuadro tan difícil la proliferación de licencias, según el plan técnico aprobado en el último Consejo de Ministros que presidió José María Aznar, pero que después incluso se agravó en algunas comunidades autónomas, nos ha llevado a 92 licencias de TDT local en Catalunya, más de 200 en Andalucía y así sucesivamente. Todo eso a sumar a las emisoras regionales, comarcales, públicas, privadas, etc. nos está conduciendo hacia un escenario completamente distinto y difícil.

No es que no creamos en la televisión local, en la televisión de proximidad, que sí creemos. Vivimos en una sociedad cada vez más global, pero es cierto que lo local también importa mucho. El problema, no es la contraposición global-local, sino la proliferación de licencias. Eso es lo que pone en riesgo el sistema tradicional y amenaza con quebrarlo, habida cuenta que además también los operadores de telecomunicaciones compiten en el desarrollo y la distribución de contenidos.

Como les decía, esa transición nos gustaría que se hiciera con más diálogo para poder construir y asentar los consensos. También desearíamos que la velocidad con la que se están produciendo muchos cambios tienda a contenerse para que ese diálogo pueda realmente ser posible y sobre todo eficaz.

 

Una oportunidad para innovar

Con todo, me gustaría decir, que en esta nueva situación no solamente vamos a ver cambios accionariales o crisis incluso en algunos sectores nonatos, como la televisión digital terrestre local, sino que también hay oportunidades por ejemplo, para la innovación.

La innovación tiene ahora una gran oportunidad. Desde el punto de vista de la industria tenemos que decir que el hecho de que haya poco dinero y que se concentre en unas franjas determinadas al día, particularmente en la franja preferente de la noche, hace que los directivos de las televisiones tengan la oportunidad de dar la palabra a productores, a guionistas, a creativos, que antes no podían tener acceso al mercado de televisión porque la pelea por la audiencia no permitía experimentos.

Creo que la situación es completamente distinta y que en este momento la multiplicidad de canales puede servir para que algunos programas enormemente interesantes demasiado escondidos en la madrugada, puedan emitirse en horas más accesibles. Y al mismo tiempo también se abra a los jóvenes creadores -y algunos no tan jóvenes- la posibilidad de experimentar nuevos formatos. La riqueza de la industria de creación de contenidos en este país es patente y de ahí puede surgir el germen de una profunda renovación de la televisión.

Renovación que compartimos en la Academia, debe de hacerse con programas que defiendan valores positivos, que respeten a las personas, que dignifiquen a la sociedad. Esa televisión existe y debe ser reforzada.

 

La excepcionalidad debe ser la excepción

No quisiera concluir sin decir con claridad que, desde algunos sectores económicos y políticos, no se está ayudando demasiado a esta transición en el mundo audiovisual y en general en el mundo de los medios de comunicación. Acaso porque tratan de aprovechar las circunstancias para pescar en río revuelto. Quiero poner un ejemplo y denunciar esa moda que algunos tratan de imponer de “ruedas  de prensa sin preguntas” que es la negación del concepto del ejercicio del periodismo. Naturalmente que cada uno puede hacer la declaración que crea conveniente pero si no quiere tener un diálogo con los periodistas, mejor que no convoque una rueda de prensa para exigir después el silencio, que en este caso equivale a conformidad o, peor, a sumisión.

Todos entendemos que pueda haber situaciones excepcionales, pero esa no debe ser la norma.

Naturalmente que uno puede no responder en un momento determinado una pregunta y para eso, desde el “No comment” americano hasta el “Avui no toca” de Jordi Pujol hay una amplia variedad de fórmulas para plantearlo, pero el simple hecho de que se niegue el ejercicio propio del periodismo, está animando también a las redacciones de los periódicos a enviar al personal menos cualificado. Esto sumado a la precariedad laboral compone un cuadro realmente preocupante.

Les puedo adelantar que trabajamos con la FAPE y con el Club Internacional de Prensa para elaborar una petición pública de respeto al trabajo profesional.

En definitiva, y quedo a su disposición para escucharles, como les decía al principio, estamos en una profunda transición que nos llevará a un escenario distinto, no sin problemas en el camino. Pero no conseguiremos un marco estable si no hemos dialogado lo suficiente, si se toman decisiones sin consultar a los afectados, si se han excluido voces en la construcción de un gran acuerdo entre industria, profesionales, gobernantes y legisladores sobre el que se edifique el nuevo mapa audiovisual del futuro. Cuenten con nuestra disposición para contribuir honesta y eficazmente a ese diálogo, a ese consenso.



Manuel Campo Vidal.
Presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión en España.

Conferencia pronunciada en el Foro de la Nueva Comunicación.
Madrid, 2 de noviembre de 2009.



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