Diciembre - Diciembre de 2009 · nº 44
Modelo de representación y keynesianismo informacional
José Luis López Bulla
1.-
Voces amigas me informan que en septiembre arrancará, de nuevo, el proceso de elecciones sindicales. Ello comportará un dilatado recorrido donde las centrales estarán compitiendo para posteriormente decir, quien haya ganado, que se es el primer sindicato. Se recuerda al personal que el primer sindicato español -unas veces UGT, otras Comisiones Obreras- siempre ganó por la mínima. Lo que nos lleva a presumir que, también en esta ocasión, las cosas irán de igual o parecida manera, ¿qué nos apostamos?
Hace mucho tiempo que estoy convencido de que dicho proceso es rematadamente inútil. Más todavía, que la forma de representación y el carácter del comité de empresa ya no nos sirven. Lo que fue importantísimo en su día es hoy algo necesariamente prescindible por su desencaje con la nueva morfología del centro de trabajo y por su desubicación de los cambios de la economía global. También porque es un ladronzuelo que roba potenciales afiliados al sindicalismo confederal: ¿para qué y por qué debo afiliarme al sindicato si tengo al comité?
Pero ahora encuentro otros argumentos para mostrar mi ausencia de simpatía. En septiembre (y lo que te rondaré) estaremos todavía metidos en la crisis económica. Ponerse a darle oxígeno al anciano instrumento, el comité, es una ostentosa pérdida de tiempo, especialmente de dinero y esfuerzos. Es más, en la medida que se prepara y organiza la competición, el resto de los grandes problemas pasan, inexorable y desgraciadamente, a segundo plano. Es materialmente imposible que una organización (la que sea) esté metida simultáneamente en un proceso electoral, negociando convenios y ejerciendo, cuando corresponda, el conflicto social y, para complicar las cosas, en el contexto de esta crisis económica. Ni Prometeo, con ser Prometeo, es capaz de ello. Un esfuerzo, por otra parte, encaminado a recrear un instrumento anciano. Así pues, lo práctico sería que los sindicatos acordaran lo menos malo, esto es: aplazar el proceso electoral hasta que pasara este agudo temporal donde los chuzos de los serenos siguen cayendo de punta.
Digo que es lo menos malo porque lo importante es que el sindicalismo confederal procediera a una discusión sobre qué modelo de representación es el más adecuado a partir de ahora. Un modelo de doble estampa: el doméstico o interior del sindicalismo y el extrovertido, a saber, el que se corresponde con el conjunto de los trabajadores, partiendo del centro de trabajo. Ambos modelos, además, ajustando las cuentas de cómo asumir en la práctica (y no retóricamente) las mil y una subjetividades del universo del trabajo asalariado.
Porque lo que ya no tiene sentido es la reproducción, por ejemplo, de la sección sindical de empresa en los mismos términos que concebimos en 1977. La cosa es chocante: todo ha cambiado, pero la forma-sindicato, en sus aspectos domésticos, sigue siendo igual a la de hace treinta y tres años. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el venerable anciano, el comité, que mantiene sus poderes y forma de ser de cuando yo era un pollo pera.
En el discurso de clausura del Congreso de Comisiones Obreras, Toxo indició algo parecido al respecto. Pero todo indica que, al menos en esta ocasión, le sucede algo parecido al problema de los grandes reformadores: las rutinas y la pacata prudencia de la masa coral. Y digo yo: ¿no sería más eficiente que la millonada de dineros que se gasta el sindicalismo en las campañas de elecciones sindicales se dedicara a la extensión de la organización, a la masiva incorporación de trabajadores para que, establemente, den mayor protagonismo a la acción colectiva eficaz?
En resumidas cuentas, lo que vuelvo a plantear es que el sindicalismo resuelva el callejón sin salida en el que está desde hace tiempo en lo atinente a la representación: mientras el sistema productivo y económico se orienta de manera vertiginosa hacia un paradigma radicalmente nuevo, el modelo de representación (tanto el doméstico como el extrovertido) sigue estando en el mismo lugar de hace cerca de cuarenta años. Digamos que esta fidelidad a los orígenes puede ser encomiable pero francamente contraproducente para los problemas de hoy y los que van surgiendo. Yendo por lo derecho, el empecinamiento en mantener el ilustre anciano, el comité, va en detrimento de lo que ya es urgente: conformar una nueva representación sindical así en el centro de trabajo como en las estructuras de cada sindicato.
2.-
Tengo para mí que es imposible que el sindicalismo confederal entre en una nueva fase postfordista si testarudamente se empeña en mantener su naturaleza fordista; o, si se prefiere siguiendo el esquema que nos traza con mano ducha el amigo Carles Navales, en la sociedad de la información (sea esta keynesiana o no). Por otra parte, sostengo que es razonable pensar que el desencaje de la negociación colectiva con relación a los grandes cambios (de la morfología del centro de trabajo, de los modelos productivos y de servicios, de los anhelos del conjunto asalariado) se debe a la inadecuación de la representación sindical (ya sea doméstica, ya sea extravertida). Es más, cuando el gobierno de la flexibilidad se hace urgente, el modelo representacional sigue en la clave berroqueña de hace casi cuarenta años. O sea, cuando el director de esta revista y un servidor éramos jóvenes mozos. Así pues, soy del parecer que no tiene sentido proponer el keynesianismo informacional si uno de los sujetos más activos en su "mise en scène", el sindicalismo confederal, se empecina en representar –no sólo a sus inscritos sino también a los "errabuntis a via" (los no afiliados, que son la mayoría del conjunto asalariado)- en clave veterotestamentaria. Podemos, eso sí, proponer un debate al margen de la importante cuestión, pero ello nos llevaría a la solemne inquietud: ¿quién le pone los cascabeles al gato? O, por mejor decir, a los gatos: los empresarios también juegan en ese escenario, y tampoco consta que su modelo de representación y, por ende, su praxis sea la más adecuada para entrar en la fase del keynesianismo informacional.
Por ello, de momento no argumento la necesidad de establecer los elementos necesarios para construir esa fase, a saber: además del nuevo modelo representacional, la conveniencia de una nueva forma de convenio colectivo, la acción concertada por un pacto itinerante por la innovación tecnológica, la construcción gradual de un welfare, anclado en el hecho tecnológico, la consecución de nuevos derechos de ciudadanía social y la compatibilidad de todo ello con la defensa del medio ambiente. Sería hablar por hablar. No se trata de pesimismo sino de poner el acento en la principal precondición para cualquier nueva fase: el modelo representacional de los agentes que intervienen en la definitiva salida de esta cacharrería que es el fordismo.
José Luis López Bulla. Secretario general de CC.OO. de Catalunya de 1976 a 1995.
http://lopezbulla.blogspot.com
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