Enero - Febrero de 2010 · nº 45 - 46
¿Qué podemos hacer juntos?
Felipe González
Gracias, Ministro, Majestad, Altezas.
La verdad es que la conmemoración nos invita interpelándonos sobre el futuro: ¿cuál es el futuro de América Latina? ¿Qué podemos hacer juntos? Yo quería hacer algunas reflexiones en torno a eso. Por definición, el futuro es incierto. En nuestro caso, una de las cosas que compartimos es que, incluso, el pasado es incierto entre nosotros. Las interpretaciones a veces chocan tanto, que no nos ponemos de acuerdo en cómo es nuestro pasado, por tanto, hablar de la incertidumbre del futuro nos debe de llevar a una cierta reflexión en sobre el pasado ¡Claro que compartimos muchas cosas!
En el horizonte que tenemos por detrás, de estos últimos doscientos años, ya se habló por parte de Su Majestad y del Presidente del Gobierno, hubo una especie de punto germinal, que era una explosión de deseo de libertad, de libertad en el sentido liberal de la época, frente a los poderes absolutos que atraviesan la Península Ibérica o lo que era el exponente máximo de las Cortes de Cádiz y todo Iberoamérica, incluso con participación iberoamericana.
Ese momento compartido de debate es, al mismo tiempo, el fundamento de la consideración del ser humano, del individuo como ciudadano; ciudadano en lugar de súbdito; ciudadano como portador de un paquete de derechos y de obligaciones que en principio lo hacen igual ante la ley. Digamos que la primera gran oleada de derechos son esos derechos del pensamiento liberal de la igualdad ante la ley. Es el germen de eso, está ahí.
Compartimos esa primera oleada de derechos que tratan de igualar a los seres humanos ante la ley y que depositan la soberanía en el pueblo. Obviamente, esa ciudadanía siempre tiene una vocación permanentemente incluyente pero ha pasado por multitud de avatares. Hemos visto en nuestros respectivos países cómo ha habido muchas restricciones y poca inclusión de ese concepto de ciudadanía.
Tenemos una perspectiva del pasado común, con muchos avatares históricos, a la que no me referiré por la pregunta sobre el futuro, pero para hablar del futuro hay que intentar no olvidar que la historia es como una mochila, que se queda en la espalda permanentemente. Si uno comete el error de olvidarla, como la mochila es caprichosa, se pone delante de los ojos y no nos permite ver el futuro.
A veces hay tentaciones adanistas de creer que uno comienza la historia cuando llega al poder; y eso nunca es verdad, la historia siempre está detrás y condiciona el presente. Y sí esto no se entiende bien, es imposible construir el futuro. He agradecido que me designen para representar a España en las conmemoraciones de los Bicentenarios. Tengo cosas que compartir, desde el punto de vista de ese peso de la historia, a disposición de los países de América Latina, y desde el punto de vista personal.
La perspectiva de Iberoamérica
Hace cuarenta años que, para mí el Atlántico es como una especie de “puente aéreo” que me permite ir y venir. Y me ha hecho llegar a la conclusión de que, nosotros no conocemos suficientemente la realidad de la otra parte, nosotros como españoles, pero la paradoja mayor es que los españoles que no tienen suficiente experiencia de América Latina, tienen mucha dificultad para conocer España y su identidad. Lo que nos ayuda a conocer nuestra propia realidad es conocer la otra y ver a España desde allí le da a uno una perspectiva distinta a verla permanentemente desde aquí. Algunos de los debates que aquí tenemos y mantenemos nos parecen relativamente absurdos, o por lo menos banales cuando los vemos desde la perspectiva de Iberoamérica.
También hemos compartido, sin remontarnos a doscientos años, una experiencia reciente de los últimos treinta años. Alguna referencia ha habido hace casi veinte años, fue México, quien inició las Cumbres iberoamericanas. Hay que agradecer ese esfuerzo de México: el que pudiéramos tener un ámbito de encuentro con el que podemos hacer lo que queramos, porque la pregunta que encabeza esta intervención es: ¿qué podemos hacer juntos? ¡Lo que queramos! Respecto al futuro, lo que decidamos hacer. Tenemos elementos de sobra para poder hacer juntos lo que decidamos entre todos qué podemos y debemos hacer. Pero la historia de estos treinta años ha sido muy interesante, hemos recuperado las libertades, al mismo tiempo que hemos empezado a vivir, cosa que ocurre desde ese final extraño del siglo XX, que empezó en el año 89. Un cambio hacia las libertades, de nuevo una especie de momento iniciático: la recuperación de las libertades, la recuperación de la ciudadanía, la superación de las tentaciones autoritarias (nunca se superan del todo) la generalización del derecho a votar y a elegir a los representantes.
A veces se achaca a la democracia ciertos fracasos parciales en el ejercicio del poder, pero la democracia no garantiza el buen gobierno, más que a muy largo plazo; garantiza que nos podemos sacar de encima a los gobiernos que no nos gustan, que no es poca cosa. La democracia mejora, respecto de cualquier otra forma de gobierno sus prestaciones y va encauzando, con los altibajos que sean, el destino de nuestros países en una mejor dirección.
El cambio mundial
Estamos viviendo, en estos años, un cambio a nivel mundial; cambio que podríamos considerar geopolítico: la desaparición de los bloques por la desaparición de uno de ellos, con los errores subsiguientes de creer que se podía caer en un absoluto unilateralismo y algunos teorizaban sobre el fin de la historia. El impacto creciente, acelerado, profundo, de una revolución tecnológica que han cambiado las relaciones entre todos los seres humanos, entre los países, entre las empresas, entre los distintos Continentes. Creo que no nos hemos dado cuenta de la velocidad y de la profundidad del cambio de eso que llamamos globalización. Estamos mirando con cierto estupor, y con un grado de desconcierto considerable, de qué va esta crisis financiera, que es sistémica y global, y sus consecuencias, en términos de recesión económica mundial.
Esta es la primera prueba, el primer fracaso generalizado (¡habrá otros!) de este proceso mal entendido de revolución tecnológica y de globalización, primero de las finanzas, de la economía, pero sobre todo de la comunicación entre los seres humanos.
Hemos compartido estos últimos años y América Latina ha hecho sus deberes como nunca, ahora que podía haber enseñado a Estados Unidos unos cuantos masters en crisis financieras, porque las ha vivido de todos los colores en los últimos treinta años, en esta ocasión no ha sido el origen de la misma. Como no era el origen de la crisis, había un aseo considerable de las cuentas públicas y de las políticas macro, hemos caído en la tentación de pensar: “Bueno... ¡cómo no somos el origen de la crisis, este es un problema de otros… No va con nosotros!” Atañe a todo el mundo. Por eso decía es sistémica y es global.
Era bastante claro que la epidemia que surge con las hipotecas basura y con otros productos de esta naturaleza se iba a convertir en pandemia a nivel mundial. Durante la crisis del 99 tuve la ocasión de hacer una reunión con dirigentes africanos, y un dirigente, me dijo en aquella época: “Bueno, nosotros por no tener, no tenemos ni una crisis financiera ¡Qué más querríamos nosotros que pasará por lo menos por aquí una crisis financiera! Significaría que teníamos finanzas, aunque fueran malas y en crisis”. Esa situación también cambió, relativamente, en África. Hoy la crisis es de todos y para todos y golpea más a los más débiles.
A partir de eso, de la ilusión de una época interesantísima de bonanza del último lustro en toda América Latina, interpelarse sobre el futuro tiene que ser sobre la base de identificar lo que está pasando, no sólo en la crisis, sino en la nueva realidad sobre la que la crisis se produce, que es una realidad mundial.
La crisis y el futuro
Creo que cuando se habla de la crisis hay que intentar enfrentarla con el mayor realismo posible y con la mayor sinceridad. No hay ni que exagerarla, ni ocultarla. Vamos a salir de la crisis… ¡Pues claro! No vamos a vivir en la crisis para el resto de la historia; pero la crisis es muy dura ¿Ahora hay signos de esperanza? Todo el mundo está tocando los tambores. Temo que cuando se reúna el G8 van a decir que lo peor ya pasó. Como en los últimos veinte años no he visto nunca que el G8 acierte, espero que no lo digan. Las reuniones del G8 son inversamente proporcionales a la publicidad de sus reuniones. Y ahora mi amigo Berlusconi las va a hacer bastante públicas, ya está tocando los tambores. No quiero ser pesimista.
El que nos planteemos qué podemos hacer en el futuro, tiene que pasar, necesariamente, por saber qué está pasando en los últimos veinte años, en qué grado hemos respondido con suficiencia o insuficiencia a los requerimientos de este cambio civilizatorio que viene inducido por esta revolución en la comunicación entre los seres humanos. Con esta revolución tecnológica, sin precedentes, la respuesta no puede ser banal, ni puede ser oportunista. Tenemos retrasos importantes, retrasos en adaptación, en términos de capital humano, de I+D+i; a veces se produce el espejismo de que un crecimiento del precio de las materias primas nos ha resuelto un problema para siempre. Creo que van a volver a crecer, en cuanto que la demanda mundial empiece a repuntar con el dos y medio o el tres por ciento, seguramente van a volver a crecer. Y es razonable que crezca al precio de las materias primas, pero no nos podemos conformar con ser dependientes del crecimiento de las materias primas, sin un gran esfuerzo de diversificación y sin comprender algo que se ha dicho de paso en la inauguración, que la mejor variable estratégica de la que disponemos para encarar el futuro es el capital humano, con el mismo trasfondo cultural, con esos vínculos que compartimos, ese capital humano está siendo descuidado.
No me consuela que, en parte, en el corazón de Europa también se haya producido esa distracción o ese descuido y que estemos perdiendo capacidad de competir en la economía global, pero creo que si nos queremos interpelar sobre el futuro, habría que decir: ¿qué ha pasado con esa variable estratégica en términos relativos? Una parte de la economía mundial y del ahorro se está desplazando a áreas del mundo que, hasta ahora, no estaban incorporadas. Y no es una mala noticia el despertar de Asia, algunos lo ven como una amenaza. Para nada es una amenaza. Enrique Iglesias, diría: “le han puesto un segundo piso al consumo mundial.” No es una mala noticia que se incorporen. Lo que es una mala noticia es que nosotros no seamos capaces de estar a la altura, para comprender que en la nueva realidad hay que competir de otra manera, se puede competir además solidariamente, y hay que mover los mecanismos que están a nuestra disposición para crecer, redistribuir y competir, respetando los parámetros de la sostenibilidad en el crecimiento. Y este es el gran reto del futuro.
No me querría ir por las ramas, España tiene una buena oportunidad de ayudar, porque cumpliendo con su propio papel -tenemos la presidencia de la Unión Europea un semestre que coincide con una reunión con América Latina- tenemos algunos problemas que resolver, preparémonos. Europa funciona mucho más institucionalizadamente, pero la Comisaria sabe que, a veces, se confunde institucionalización con burocratización del pensamiento y, por tanto, con falta de flexibilidad para buscar espacios de oportunidad.
En las relaciones entre las dos regiones se pueden hacer muchas cosas, se bloquean a veces los compromisos, pongo por caso, de la relación con el Pacto Andino o con Centroamérica, porque hay un obstáculo de alguien que no quiere, y no está obligado a querer uno de los miembros o todos los miembros de la otra parte. Nosotros inventamos una técnica, hace mucho tiempo, que era de flexibilidad, se llamaba “de pasarelas”: se acuerda con los que están de acuerdo y se deja una buena pasarela para que, los que hoy no están de acuerdo y pudieran estarlo mañana, pasen por esa pasarela y se integren. Y esto nos podría hacer avanzar mucho con América Central, con el pacto Andino, con todas las áreas subregionales de América ¿Tiene sentido lo que digo? Aunque sea demasiado pragmático es verdad.
América Latina y Europa deben entenderse. Esta parte pequeña del mapa del mundo que es Europa, que es territorialmente muy pequeña, con quinientos millones de seres humanos, en un triángulo imaginario con América, desde el norte canadiense, hasta la Patagonia, que es el triángulo Atlántico -hay una América que da al Pacífico pero que también pertenece a ese triángulo del Atlántico- sigue siendo el 62,5% del producto bruto mundial. ¿Alguna vez hacemos algún cálculo de nuestras relaciones, de nuestros intereses, de nuestro potencial, teniendo en cuenta eso que se fundamenta a la vez en unas realidades culturales de percepción del mundo, para lo bueno y para lo malo, compartidas en gran medida, de sistemas políticos, económicos, sociales y culturales, que comparten aspiraciones, y las comparten porque tienen raíces culturales comunes? No se nos ocurre pensar en eso.
El comercio interregional
Tenemos una obsesión con que todo se está desplazando hacia la zona del Pacífico, lo que es cierto, pero no analizamos ni la realidad, ni el potencial de esta zona. Y los acuerdos birregionales o subregionales tienen el interés, entre otras cosas, para América Latina de la homologación de reglas de juego en las relaciones comerciales entre los propios países de América Latina, cuyo comercio interregional es inexplicablemente bajo: el comercio interregional de América Latina y el Caribe no pasa del 6%. El comercio interregional, de lo que es la Unión Europea, con todos sus problemas, es del 77%. El interregional setenta y siete frente al seis.
No habría comercio interregional sino hubiera reglas de juego compartidas, para poder llegar al vecino y comerciar con el vecino. Eso me llevó a decir muchas veces, y es encarando el futuro, que una buena carretera, que una buena hidrovía, que un buen oleoducto crea más integración latinoamericana que doscientos discursos ideológicos. Una buena carretera entre cuatro países integra, veinte discursos ideológicos con frecuencia dividen, desintegran. Una buena homologación de reglas de juego, integran. Así que, aunque parezca banal ¿cómo es posible que todos juguemos al fútbol, respetando las mismas reglas, y no seamos capaces de intercambiar entre nosotros bienes, servicios y empresas con las mismas reglas? No parece muy razonable. Es más importante el fútbol, como se veía ayer, pero lo otro, para el destino de los seres humanos, debe de ser, a mi juicio, decisivo.
¿Cómo creo que hay que encarar el futuro? Tenemos elementos de sobra, para decidir encararlo como queramos. La incertidumbre del futuro se puede ver, desde el punto de vista pasivo, diciendo: “ya reaccionaremos ante las sorpresas que nos vayan brindando como mejor sepamos”. Se puede hacer una prospectiva del futuro proyectando hacia el año veinte o hacia el año treinta, con los datos actuales que tenemos, es relativamente fácil: ¿qué ocurriría si las cosas siguen igual? Pero la realidad es tan cambiante, que la proyección de hace tres años, en plena bonanza, sería radicalmente distinta si la hacemos en 2009, porque los datos son caprichosos y cambian.
Siempre me he revelado contra esa visión estática del futuro. Parte del futuro lo tenemos que prever y construir, va a depender de lo que hagamos. Y algunas cosas, y esta crisis lo muestra, empiezan a estar claras dentro de la inmensa confusión de la crisis, por eso pienso que la crisis, lo veremos más tarde, es un parteaguas de la historia. Lo que fue, ya no va a ser de la misma manera, y esto es lo que va a definir la nueva sociedad. Incluso en el sistema financiero mundial no ha cambiado casi nada, todavía se siguen vendiendo derivados, todavía se siguen utilizando a los ahorradores, más que como clientes a los que hay que aconsejar bien, preservando su inversión, su patrimonio, su depósito, como objetivos a utilizar, para conseguir venderles esos extraños instrumentos que se llaman derivados, o que se llaman estructurados y que en realidad han permitido que crezca la economía financiera diez veces más, acumulativamente, que la economía real y que el producto bruto real del mundo, durante muchos años: diez veces más de crecimiento de la economía financiera, que de la economía real.
No me hubiera alarmado que hubieran crecido tres veces más para anticipar el futuro y financiarlo, pero que crezcan diez veces más permanente y acumulativamente me lleva a la conclusión, ya me llevó hace diez años, de que parte de lo que se estaba vendiendo, parte de las transacciones no tenían ningún respaldo en la generación razonable y honesta de riqueza. Por lo tanto era una truculencia que en algún momento iba a explotar y explotó. No sabemos cómo vamos a salir de esto, pero la realidad va a ser distinta.
Raíces compartidas
Lo que propongo es que hagamos un esfuerzo aprovechando que tenemos, aunque nos cueste a veces reconocerlo, percepciones de la realidad de lo que está ocurriendo inevitablemente próximas, porque tenemos raíces compartidas desde el punto de vista cultural. Seguimos teniendo en el corazón de nuestros países, de muchos países europeos, casi el mismo distanciamiento por las matemáticas, que pasión por la Literatura, y creo que habría que completarlo. Creo que es fantástica la pasión por la Literatura, pero creo que tenemos que aprender algo más de matemáticas y algo más de informática.
Creo que tenemos que hablar del pasado para no olvidarlo, pero en ese sentido sí me parece admirable, que cada vez que tengo un encuentro en Asia, y el encuentro dura día y medio, al pasado le dedican una hora, media, más de una nunca, y las veintitrés horas restantes se las dedican a explorar el futuro para ver qué pueden hacer, y nuestra tentación es dedicar veintitrés horas al pasado, y de paso hablar algo de lo que podemos hacer en el futuro. Si no invertimos esa relación de razonamiento no nos va a ir bien.
En alguna ocasión, mis amigos, los que me conocen en América Latina lo saben muy bien, hice un análisis comparativo entre qué había pasado, en términos de aprovechamiento escolar, y por tanto de formación de capital humano, en treinta años, entre lo que había hecho un país, relativamente pequeño como Corea, y lo que habían hecho unos cuántos países de los más desarrollados, en términos de educación de América Latina, y cómo se podía evaluar el rendimiento de unos y de otros; y la conclusión es que la competencia Sur-Sur ya era inevitable y que los desplazamientos de inversiones se estaban produciendo no sólo del Norte al Sur, con aquello de la deslocalización, que los desplazamientos eran Sur-Sur y eran de las áreas de América Latina a las áreas del Sudeste asiático, desplazamiento con deslocalización de inversiones, con generación de puestos de trabajo.
Tenemos que tener en cuenta, que nuestro modelo de futuro debería repensarse y tendríamos que hablar de crecer y redistribuir el ingreso para hacer más igual nuestra sociedad. Redistribuirlo directamente, pero sobre todo indirectamente con más educación y mejor atención sanitaria; más y mejor educación, más capacidad de formación del capital humano, como gran variable estratégica. Tendríamos que tener en cuenta que América Latina es rica en energía, variable estratégica clave para el futuro de todos, en su conjunto, y con una potencialidad en energías alternativas como ninguna otra región del mundo, siendo la región más desigual.
Tenemos que tener en cuenta que América Latina tiene un déficit de infraestructuras que estrangulan su crecimiento potencial permanentemente ¿De qué nivel será ese déficit respecto de lo que ha ocurrido en países desarrollados? Puede tener un déficit del 70%, de lo que potencialmente sería una zona desarrollada, y sobre todo interregional, no digo nacional, de comunicación entre distintas áreas. El destino del MERCOSUR, aparte de otros factores, hubiera sido radicalmente distinto si los países que lo forman estuvieran comunicados, desde el punto de vista de las infraestructuras de manera sólida.
Saber cooperar
Hay mucho por hacer y lo podemos hacer cooperando. Hay muchas experiencias que intercambiar. No tengo la tentación, que a veces veo en algunas de las elites de España, de enseñar lo que hemos hecho, porque yo he aprendido más en América Latina, en toda mi vida política de lo que podría haber imaginado o soñado. Pero sí tengo el deseo de intercambiar experiencias y de hacerlo permanentemente. Casi termino como empecé, mis vínculos con América Latina son: cuarenta años de ir y venir. Y a veces a amigos como a Enrique Iglesias e Insulza les digo: “me encuentro con una sorpresa en España, son pocos los españoles que viajan a América Latina para conocerla, en el sentido de recorrerla, profundizar en lo que es; pero me encuentro con la misma sorpresa, en América Latina, con mis amigos de un país que conocen menos la realidad de otros países de América Latina que yo mismo, que los recorro casi todos”.
El desconocimiento de España respecto de realidades, que son sustanciales para nosotros en América Latina, sólo es comparable con el desconocimiento que una buena parte del liderazgo latinoamericano tiene sobre el resto de América Latina. Ahora sí, el liderazgo de América Latina conoce mucho mejor España, que los españoles América Latina. Eso es cierto. Por tanto, podemos hacer una muy buena tarea juntos.
Dicen que todas las crisis, -se dice a veces por salir del paso- ofrecen oportunidades. Si se considera esta crisis como un “parte aguas civilizatorio” de la historia, si por fin afloran con claridad, en nuestras realidades nacionales, los verdaderos desafíos del futuro, que tienen que ver con la educación, con la innovación, con la revolución de la información, con el capital humano, con el buen uso de la energía, con las energías alternativas, habremos dado un gran paso.
Si fuéramos capaces de ver que sólo somos una potencia global en materia cultura. Algunas veces les digo a las grandes empresas de comunicación, con las que nos reunimos, las cinco mayores empresas multimedia del área iberoamericana juntas ocuparían el lugar número quince o dieciséis de las empresas multimedia internacionales. Es un esfuerzo que conduce a la melancolía pensar que se van a juntar, ni siquiera para establecer alianzas estratégicas; en lo único que somos una potencia global, tampoco lo aprovechamos. Si enfrentamos esa realidad de cara, y no la disimulamos, creo que podemos encarar el futuro con mucha esperanza, sobre todo, para nuestros pueblos, que lo llevan esperando mucho tiempo.
Gracias.
Felipe González Márquez. Embajador Extraordinario y Plenipotenciario para la conmemoración de los Bicentenarios de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas.
Conferencia pronunciada en Madrid, Casa de América, 11 de mayo de 2009.
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