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Mayo - Junio de 2010 · nº 48

Estructura ideológica de la Economía Social de Mercado
Eugenio María Recio

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VO con Notas

Para entender la estructura ideológica de la Economía Social de Mercado (ESM) es muy importante recordar el contexto económico, social y político en el que se diseñó este sistema y los problemas a los que trataron de dar respuesta sus fundadores. (1)
 
En la actualidad, ese contexto es completamente distinto y también algunos de sus problemas, por eso un buen conocedor de los fundadores promueve una adaptación en la aplicación de los principios, que constituyen la estructura ideológica de la ESM, a las nuevas circunstancias, teniendo en cuenta cómo se han aplicado esos principios a lo largo de las seis décadas en que se ha tratado de mantener su vigencia en el país para el que se creó este modelo. El intento de aplicar los mismos principios a entornos tan diferentes puede ayudarnos a entender mejor la verdadera estructura ideológica de este sistema.

Antes de comenzar nuestro análisis, creo importante afrontar una cuestión fundamental, que es preguntarnos si verdaderamente la ESM tiene una estructura ideológica específica que la distingue de otros modelos de naturaleza parecida como podría ser, por ejemplo, el llamado «Estado del Bienestar» (EB). La razón de esta duda proviene del atractivo que tiene la expresión ESM, que ha hecho que con frecuencia se aplique sin tener en cuenta las exigencias que comporta, lo cual ocurre también con el otro sistema con el que se tiende a comparar, o incluso identificar, y que no es otro que el EB.
 
La importancia de la pregunta planteada aparece en el testimonio del que se puede considerar actualmente una máxima autoridad de la economía alemana en una entrevista que concedió a un periodista del diario Die Welt con motivo de la publicación de una serie de artículos, con los que se ha querido conmemorar el sexagésimo aniversario de la formulación del concepto ESM por el profesor de la Universidad de Colonia Alfred Müller-Armack. Me refiero al profesor de la Universidad de Darmstadt, Bert Rürup, que es en la actualidad presidente del Consejo Asesor del Gobierno Federal de Alemania (los llamados «cinco sabios») y al que anteriormente el canciller Gerhard Schröder encargó la creación y dirección de una comisión para la reforma del sistema de protección social de Alemania. Al socialdemócrata profesor Rürup se le puede reconocer una particular autoridad en este tema porque en 1968 hizo su trabajo de licenciatura en Economía en la Universidad de Colonia con el cristianodemócrata Müller-Armack.

A la pregunta del entrevistador sobre cómo reaccionaban los estudiantes de aquellos años ante el concepto de una ESM, Rürup contestó: «No había ninguna otra alternativa, al menos en la Universidad de Colonia. A ello hay que añadir que la fuerte resonancia que tenía por entonces la ESM era claramente superior a la del norteamericano radicalismo del mercado, representado por la Escuela de Chicago. Los ciudadanos querían una economía de mercado socialmente cimentada y alejada, al mismo tiempo, del sistema enemigo que representaban los Estados del bloque oriental». Y más adelante, cuando el periodista le pregunta si el término ESM tendrá siempre actualidad, el profesor Rürup dice: «El concepto ha arraigado de tal manera en la conciencia de los alemanes que ningún partido puede prescindir de él. La ESM es un elemento integrante de la retórica de la política económica del FDP, de la CDU, del SPD y en parte también del partido de la izquierda». Y esta respuesta lógicamente lleva la entrevista a la cuestión principal que nos hemos planteado: si ideologías tan dispares como las de los partidos cristianodemócrata y socialdemócrata recurren a este término, ¿no supone esto un debilitamiento del concepto de ESM hasta convertirlo en moneda de cambio? Y el discípulo que había dicho en uno de los primeros párrafos que su profesor Müller-Armack «no era un teórico, sino un científico que se caracterizaba por dar respuestas prácticas a los problemas concretos –afirma que– la ESM nunca fue un concepto teóricamente consistente, sino una especie de clave para encontrar una solución al intento de unir lo que en principio podría parecer contradictorio, como sería la coordinación de una economía eficiente basada en el mercado, que implica la libertad individual y la responsabilidad social a través de la política. Esta vinculación de la eficiencia económica y el equilibrio social tiene el efecto de causar una fuerte identidad y por eso durará a lo largo del tiempo».
 
Nos ha parecido oportuna esta larga cita porque apunta la problemática que queremos analizar, relacionando los orígenes con la actualidad y apuntando la problemática de la consistencia del concepto, aunque en términos que parecen contradictorios. Veamos pues si el pragmatismo de los fundadores prescindió de unos principios básicos, diferenciadores y duraderos y si los continuadores que quieren aplicarlos a la nueva situación ponen en cuestión algunos de esos principios.
 
 
El concepto de ESM según sus creadores 

Para describir brevemente el contexto en que se gestó la ESM, hay que recordar la singular situación de la República Federal de Alemania (RFA) como país vencido y causante de haber provocado la Segunda Guerra Mundial desde las posiciones de un poderoso régimen político y económico que se creyó capaz de conquistar y dominar Europa. Estos antecedentes explican que, finalizada la guerra, se sintiera la necesidad de crear un sistema socioeconómico que alejara al país de los grandes desaciertos económicos que alimentaron la cultura prebélica, como fueron el extremo liberalismo de la doctrina del laissez-faire que intentó poner en práctica el Canciller von Brüning, provocando una inflación que dejó fuera de juego a su moneda y un paro masivo que facilitaron la llegada de Hitler al poder. El otro gran desacierto fue la planificación económica del nacionalsocialismo que, aunque fue menos radical que la de la Unión Soviética porque permitía que se mantuvieran las apariencias del mercado para la actuación de las grandes empresas, en realidad subordinaba la libertad de acción de los empresarios a los planes de rearme bélico, que se había convertido en el objetivo prioritario del III Reich. Resultaría superfluo insistir en que los grandes perdedores, lo mismo en el período liberal que en el nazi, fueron las clases populares con menos recursos, por lo que sin reparo alguno se ofrecían al mejor postor con tal de salir de las míseras circunstancias en que vivían.
 
Para afrontar el desafío de la reconstrucción de un pueblo empobrecido y sometido a los intereses de las potencias ocupantes, no bastaba la mera opción pro occidental en favor de la democracia. «El derrumbamiento
–recuerda Ludwig Erhard– desencadenó un violento debate en torno a los métodos para superar el caos. Aquí hubo todo lo contrario a la famosa unión que hace la fuerza. Lo que comenzaba a hervir en Alemania, era más bien la lucha entre la economía planificada y la economía de libre mercado». En esta disyuntiva pudo crearse el sistema de ESM, al darse una confluencia de corrientes de pensamiento tan diversas como las que representaban, por un lado, la Escuela Histórica y las aportaciones de algunos de sus destacados pensadores en los programas de política social de la constituida Asociación para la Política Social (Verein für Socialpolitik), y, en el otro extremo, las propuestas del «Ordoliberalismo», que surgió del neoliberalismo en el que cristalizaron los trabajos de los años veinte y treinta de la Escuela de Friburgo de Suiza, y en el que el sistema preferido por sus creadores, entre los que destacaban Walter Eucken y Wilhelm Röpke, era el del mercado de competencia que defiende el «liberalismo». A estas aportaciones hay que añadir las de sobresalientes figuras de la Doctrina Social Católica, como los jesuitas Nell-Breuning y Gundlach y la del dominico Utz, así como las de la Ética Evangélica, que vivieron una época fecunda de creación doctrinal y que encontraron una gran receptividad por parte de
los políticos de los dos grandes partidos, la Democracia Cristiana (CDU) y la Socialdemocracia (SPD).
 
Una breve reseña sobre los artífices de la ESM nos ayudará a entender mejor su estructura ideológica. En los artículos conmemorativos del sexagésimo aniversario en el diario Die Welt, el dedicado a «Los fundadores de la ESM» afirma que Alfred Müller-Armack, cristiano evangélico practicante y el economista con formación filosófica del que nos ha hablado Bert Rürup, «en sentido estricto es el autor propiamente dicho de la ESM. Pues aunque Ludwig Erhard como ministro de Economía aplicó políticamente este concepto, la base teórica vino de su secretario de Estado, Alfred Müller-Armack. En 1952 este profesor de Ciencias Económicas del Estado pasó a la política (sin dejar las clases) y fue hasta 1958 Jefe de Departamento y, a continuación, secretario de Estado en el Ministerio de Economía del que era titular L. Erhard». La nota transcrita literalmente continúa con una observación que considero de gran importancia: «A pesar de la estrecha vinculación, hubo también diferencias entre ambos, pues A. Müller-Armack no callaba cuando su jefe sugería una tendencia que, en su opinión, era excesivamente liberal».
 
Ludwig Erhard se doctoró en Ciencias Económicas con el profesor de Economía y Sociología Franz Oppenheimer, que según el mismo Erhard influyó con sus ideas en la gestación de la ESM. Erhard comenzó su carrera política en 1945 como ministro de Economía de Baviera y dos años después presidió la Comisión que preparó la reforma monetaria de la RFA. Adenauer lo nombró ministro de Economía en 1949 y se mantuvo en este puesto hasta que en 1963 fue elegido canciller Federal para sustituir a K. Adenauer.

A Walter Eucken se le considera también como uno de los economistas que más contribuyeron a desarrollar el concepto de la ESM. Fue profesor de Erhard en la Universidad de Friburgo, y junto con el profesor de Ciencias Jurídicas Franz Böhm, formuló la base teórica de la Escuela de Friburgo, que sigue teniendo vigencia en lo que se refiere al principio de la ordenación: el «ordo», en las Ciencias Económicas y Sociales. Según los autores de esta Escuela, el Estado debe defender la competencia del mercado pero no intervenir más allá en el proceso económico. Éste es, pues, el neoliberalismo de Friburgo: una política de «ordenación» liberal, que no se ha de confundir con el neoliberalismo que hoy está de moda, que procede de Norteamérica y ha tenido su formulación definitiva en el llamado Consenso de Washington (1990).

Alfred Müller-Armack propuso en 1946 el concepto de ESM que, según explicó posteriormente, y son sus palabras textuales, pretende:«Vincular el principio de la libertad de mercado con el de la compensación o equilibrio social», o en otros términos también del mismo autor: «En base a una economía de competencia, vincular la libre iniciativa con un progreso social garantizado por los rendimientos de la economía de mercado». Estos componentes para una determinada concepción de la sociedad suponen, según otro de sus inspiradores, Wilhelm Röpke: «Ir más allá de la oferta y de la demanda» o atender a la situación vital humana, según un concepto central del ideólogo A. Rüstow. El concepto de ESM, tal y como lo han entendido Erhard y Müller-Armack, no parte, por tanto, de una autonomía intocable del sector privado en sus actuaciones, sino que presupone una eficaz política económica impulsada por el Estado.
 
Al que, como Friedrich von Hayek y en nuestros días ha repetido Michel Novak, objetaba que carece de sentido hablar de una ESM porque la economía de mercado ya es social en sí misma, en cuanto a través de su eficiencia y dinamismo maximiza lo que es distribuible y minimiza (tiende a eliminar) la escasez, y además, porque el término «social» es indeterminado y puede tener reminiscencias socialistas, Müller-Armack respondía explicando cómo entendía la conjunción de la libertad de mercado y el equilibrio social con estas palabras: «El pensamiento de la ESM intentó encontrar una síntesis entre la organización de un mercado de libre empresa y las necesidades sociales de la sociedad industrial de masas de nuestros días. Al principio se recibió esta nueva concepción con una ironía amistosa. A lo largo de los años he tenido que oír de mis sonrientes colegas, que esto era un buen eslogan electoral. Admitamos que ha sido un eslogan con el que se han ganado varias campañas electorales, que nos han permitido después formar gobierno, pero si todo hubiera sido eso, ciertamente hubiera desaparecido pronto... cuando al hacer la reforma monetaria pareció interesante dar nombre y estructura a este invento, se confió a una minoría diseñar el modelo de lo que podría ser la ESM para que su formulación fuera vista como lo que la caracteriza en el sentir de todos: una de las pocas ideas de política económica que Occidente podía contraponer como respuesta ante la situación que se vivía por el desafío del colectivismo oriental».
 
Volviendo a sus antecedentes ideológicos, podemos afirmar que de las tres variantes en que el pensamiento neoliberal de Friburgo ha interpretado la economía de mercado, el puro neoliberalismo que se suele atribuir a los fundadores de la Escuela, el neoliberalismo sociológico y el que podríamos llamar neoliberalismo de orientación cristiana, la ESM ha escogido esta última, que es la que corresponde a la visión cristiana del ser humano. En ella se distingue una doble dimensión, la individual y la social, que se hacen operativas en los principios fundamentales de la subsidiariedad y de la solidaridad. El principio de subsidiariedad implica la consideración de la dignidad y la autoresponsabilidad de la persona libre, y el de solidaridad la vinculación de la persona con la comunidad, de la que se sigue el deber ético del uso compartido de los bienes naturales para fomentar el bienestar de todos. El mercado de competencia, garantizado por la acción vigilante del Estado, será el instrumento que organizará la actividad económica de los seres libres, y este aspecto neoliberal, tomado del ordoliberalismo de Friburgo, es el que destaca L. Erhard en su libro Bienestar para todos y el que corresponde al principio de subsidiariedad, pero el ser humano además de individuo es un ser social y para la realización del principio complementario de la solidaridad se requería que en la decisión política de un libre mercado de competencia a la que tendía el ministro de Economía, se añadiera otra política de carácter social. Y esto fue lo que llevó a la práctica el canciller Konrad Adenauer gracias a la sensibilidad social cristiana que compartía con la concepción de la antropología evangélica de Müller- Armack. La intervención del Estado, que para la Escuela de Friburgo tiene la función exclusiva de establecer un orden de competencia y garantizar su mantenimiento, para el neoliberalismo cristiano va más allá al atribuirle la función de establecer también objetivos de política social y económica. El mismo Adenauer expresó esta necesidad en el siguiente párrafo de una emisión radiofónica, el 13 de febrero de 1957, en la que trataba de justificar la aprobación de una ley social: «La nueva Ley toma en consideración la realidad de que la Política Económica y la Política Social deben estar unidas de un modo inseparable. De la misma manera que una buena Política Económica es el presupuesto decisivo para una buena Política Social, en sentido inverso, una Política Social rica de contenido crea las condiciones necesarias para que continúe el crecimiento económico. El que después de una vida dedicada al trabajo, o por motivos de salud, tiene que abandonar el trabajo antes de tiempo, debe también como rentista tener una justa participación en los rendimientos de la economía, una participación en lo que él ha producido juntamente con los millones de trabajadores ocupados».

 

La Estructura Ideológica de la ESM según sus fundadores

La ESM no está incluida en la Constitución alemana (Grundgesetz), aunque en el art. 20 párr. 1 y en el art. 28 párr. 1, se define la República Federal como un «Estado social y constitucional», concepto que ni representa una novedad en los años a los que nos estamos refiriendo, ni es original del pensamiento social alemán, ni tiene tampoco elementos tan precisos que permitan distinguir el modelo social alemán del de otros países. La ESM puede, sin embargo, ser considerada como una plasmación práctica de ese Estado social, pero al carecer de una delimitación jurídica que fije sus elementos básicos constitutivos, está expuesta a correr el riesgo de ser convertida en un reclamo meramente publicitario, como insinuaba Rürup en su entrevista. Esto explica que sus creadores y los numerosos especialistas que han analizado este modelo hayan intentado sistematizar un cuerpo de doctrina, en contra de la afirmación del profesor Rürup, que permita diferenciarlo de otros modelos. En esta sistematización hay que distinguir lógicamente los principios básicos que constituyen su estructura ideológica, que es el objeto de nuestro análisis, y su implementación en las políticas concretas económicas y sociales. Resumiendo lo expuesto hasta aquí y teniendo en cuenta las aportaciones de los expertos que han trabajado con Müller-Armack y
han intentado seguir con más fidelidad sus planteamientos, expondremos esos principios y sólo haremos una breve referencia a sus aplicaciones prácticas.
 
1)  El principio fundamental en que se basa la organización política de la ESM es la libertad del individuo como un valor en sí, expresión de la dignidad y de la autorresponsabilidad de la persona humana y que se manifiesta en la iniciativa para emprender con creatividad, en la disponibilidad para el rendimiento, valorando el significado del trabajo en la constitución vigente de la sociedad y en el esfuerzo por organizarse con sus propios medios para autoprevenir y superar los riesgos de las distintas etapas del desarrollo vital, aprovechando las oportunidades disponibles. Se trata, por tanto, de una aplicación responsable de la subsidiariedad. En 1958, Erhard lo resumía con estas palabras: «El ideal que proponemos se basa en la fortaleza que permite que diga cada uno yo quiero valerme con mis  propias fuerzas, quiero soportar por mí mismo el riesgo de la vida, quiero ser el responsable de mi destino».
 
2) La apertura a los demás y la sensibilidad social es el otro principio fundamental que constituye al ser humano en su dignidad total. La vinculación de la persona con la comunidad, el respeto a la dignidad de los demás, fundamento de los mismos derechos que tenemos nosotros a nivel personal y en la utilización de todos los bienes naturales, es el principio diferenciador que, como hemos visto, ha caracterizado a la ESM. Müller-Armack solía repetir la expresión soziale Irenik, con la que quería indicar que la colaboración social o paz social es lo que pretendía aportar de original el nuevo modelo. Las diversas y cambiantes situaciones de la vida hacen que determinados grupos, involuntariamente, no puedan valerse por sí mismos, estén en situaciones de precariedad, marginalidad y pobreza y necesitan de la solidaridad de los demás, no de un «paternalismo» trasnochado, pues
hemos dicho que se trata de reconocer sus derechos. Pero esta protección no debe llevar a la pérdida de la propia responsabilidad para afrontar las dificultades y los riesgos de la vida y colaborar en cuanto sea posible a su solución. En esta apertura a los demás se ha de reconocer el papel del Estado en la protección a los que involuntariamente están en necesidades que no pueden superar y para los nuevos marginados de la sociedad. En esta acción social imprescindible del Estado se debe implicar el ciudadano, fomentando una «responsabilidad compartida» a título individual y, sobre todo, mediante su participación en la sociedad civil, asociaciones ciudadanas o tercer sector, pues el Estado no lo puede hacer todo.
 
Puesto que nos estamos refiriendo a un modelo eminentemente práctico y sus artífices fueron políticos, estos principios fundamentales de tipo ideológico se concretaron en una instrumentación económicosocial, que es lo que más resalta cuando se habla de la ESM y que vamos a resumir brevemente:
 
a) El libre mercado de competencia en el que existe la propiedad privada de los medios de producción es la realización práctica del primer principio. Se descentraliza así la actividad y el poder económico y se estimula la iniciativa empresarial para promover el desarrollo económico. La libertad de acceso a los mercados favorece la autonomía personal en sus múltiples facetas. Para ello se necesita una política de defensa de la competencia que permite que haya una presión continua sobre precios y costes, se fomenta la innovación, se impide el poder sobre el mercado y se facilita la distribución de la renta que corresponda al rendimiento. La libertad de la persona en el ejercicio de la actividad económica se garantiza reconociendo la autonomía de los agentes sociales en la determinación de las condiciones de trabajo y de un modo especial en su retribución.

b) Una política social adecuada es el instrumento para la realización de la compensación social que encarna el segundo principio. Las tensiones sociales y los problemas que no se pueden solucionar con el mercado requieren la intervención del Estado con una legislación social que cree una red de seguridad mediante un adecuado sistema de seguridad social, un sistema educativo abierto a todos los ciudadanos y la correspondiente legislación laboral. La economía de mercado sólo es estable cuando se combina la eficiencia económica con la cohesión social; por tanto la conciliación social, no es sólo una cuestión ética sino también una exigencia para que funcione el mercado capitalista. En esta área, el gobierno tiene las mayores responsabilidades para asegurar la equidad, la transparencia y la eficiencia del funcionamiento del sistema, pero como hemos dicho, no ha de excluir la colaboración de los particulares, aunque los recursos privados y sus iniciativas sociales por no ser suficientes no le pueden inhibir de su responsabilidad.

c) El mercado, con las características apuntadas y un intervencionismo estatal, también muy determinado y limitado en sus atribuciones, son los instrumentos esenciales para la realización práctica de la estructura ideológica de la ESM. Los especialistas en economía y sociología añaden otros aspectos que son esenciales para un equilibrado funcionamiento de un mercado con cohesión social y que se reducen a los siguientes:  

  • Una Política de coyuntura que compense los desequilibrios inevitables en un mercado libre, las fluctuaciones en el empleo y en la balanza de pagos, evitando sus graves consecuencias económicas y sociales. En esta política corresponde una cierta prioridad a la estabilidad monetaria, garantizada por un banco central independiente, pues los procesos inflacionistas perturban la distribución de la renta y la riqueza, perjudicando especialmente a los pequeños ahorradores y a los rentistas.
  • Una Política de crecimiento económico que implique la creación de las condiciones jurídicas, las infraestructuras necesarias para un desarrollo sostenible, estímulos para el rejuvenecimiento del aparato productivo y fomento de la innovación. Las políticas fiscales estables en cuanto a la renta y el gasto son esenciales para el trabajo eficiente de una economía de mercado. 
  • Para los sectores en los que el mercado no puede funcionar correctamente por razones naturales, técnicas o de otro tipo, una Política Estructural debe ofrecer ayudas a los sectores o regiones que se encuentren en esta situación, dando preferencia a todo lo que suponga estimular la adaptación al mercado, fomentando la movilidad profesional o regional.
  • Los principios, objetivos e instrumentos que se apliquen en el ámbito de las políticas económicas y sociales han de estar armonizados lo más posible para que no se contradigan entre sí y para las políticas que traten de completar o corregir los procesos del mercado debe regir como criterio de intervención la exigencia de conformidad con el mercado. Esto quiere decir que la intervención estatal debe distorsionar lo menos posible los procesos del mercado, que se reducen básicamente a la formación del precio de los bienes y servicios por la confrontación de la oferta y la demanda.

 
Estos seis elementos que corresponden a las áreas de las políticas de competencia, social, de coyuntura, de crecimiento económico, fiscal y de estructuras, así como el criterio de intervención de la conformidad con el mercado, constituyen en su conjunto una unidad de estilo según el modelo original de la ESM, y si se ponen en práctica, según el especialista E. Tuchtfeld, en una nueva oposición a la afirmación de B. Rürup, supondrán una política económica fundida en un modelo único.

 

La base ideológica de la ESM en el contexto actual
                                                
Hasta aquí hemos descrito la estructura ideológica de la ESM en el contexto en el que se gestó y al que tuvieron que enfrentarse sus fundadores. Ahora vamos a ver cómo conciben esa base ideológica en el contexto actual los que se declaran continuadores de la idea de los creadores del modelo y piensan que puede seguir siendo tan efectivo como en sus principios si se adapta a las nuevas circunstancias.
 
El promotor principal y líder de un movimiento que ha querido llamarse Iniciativa para una nueva Economía Social de Mercado (INSM son sus siglas en alemán) ha sido el antiguo presidente del Banco Central de Alemania, Hans Tietmeyer, al que muchos consideran el más genuino representante de L. Erhard en la actualidad. Al terminar los estudios del bachillerato en 1952, estudió Teología Católica y a continuación Ciencias Económicas y Sociales en las universidades de Münster, Bonn y Colonia, donde siguió los cursos de Müller-Armack, del cual fue asistente en su actividad académica. Terminada la licenciatura empezó a trabajar en 1962 en el Ministerio Federal de Economía del que era ministro Ludwig Erhard y pasó por distintos cargos hasta llegar en 1982 al puesto de secretario de Estado en el Ministerio Federal de Finanzas, y de aquí pasó a ser miembro del Directorio del Banco Central de Alemania hasta que en 1993 fue nombrado su presidente, cargo que desempeñó durante los seis años estatutarios. Hans Tietmeyer, católico practicante y miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, al terminar su carrera profesional fundó en el año 2000 un foro en el que según su fundador «todos los partidos quieren encontrar respuesta en las diferentes áreas económicas». Se trata de un grupo de ciudadanos de diverso origen profesional: académicos, políticos, empresarios y sindicalistas, sin adscripción a un determinado partido político, que se propone como objetivo renovar el sistema económico y social de Alemania en base a los principios fundamentales de Ludwig Erhard. Este grupo se ha denominado Initiative Neue Soziale Marktwirtschaft (Iniciativa para una nueva ESM) y a través de numerosas publicaciones, de una página web y de conferencias de muy alto nivel, se debaten los problemas que presenta la ESM para adaptarse al nuevo contexto de la globalización, digitalización, internet, la sociedad del conocimiento, el cambio demográfico y la nueva situación del mercado de trabajo en el nuevo siglo. Por eso vamos a hacer una breve exposición de sus planteamientos, para que, al contrastarlos con los ya expuestos, nos ayuden a conocer con más precisión la estructura ideológica de este modelo.
 
En una conferencia pronunciada en abril del 2001 con el título «Los principios fundamentales de Erhard siguen teniendo validez»
 
Tietmeyer afirma que, aunque se vive en tiempos completamente nuevos, el concepto de la ESM no está superado ni están invalidados sus principios fundamentales, por lo que lo importante es saber cómo se han de aplicar para que den la respuesta adecuada a los problemas de hoy. Erhard ofreció los fundamentos económicos y éticos de una sociedad libre y abierta con el mayor grado posible de iniciativa y responsabilidad propia. Por eso el factor impulsor de su sistema es la competencia, principio que se defendía también en otros países, pero lo nuevo de Erhard fue que al principio de libertad de mercado debía unirse el del equilibrio social de todos los ciudadanos. Y añade Tietmeyer que aquí se dejó sentir, entre otros, el notable influjo de Müller-Armack: el equilibrio social debía ser el resultado, aunque no exclusivo, de la intervención estatal. El Estado debería ofrecer garantías frente a los riesgos individuales de la vida pero no convertirse por sí mismo en una especie de providencia total, pues más bien se ha de fomentar la responsabilidad personal y la previsión privada. El Estado proveerá para los que están necesitados de ayuda por estar poco capacitados para el rendimiento como los ancianos, los enfermos y los impedidos y colaborará para la previsión particular ante los grandes riesgos de la vida.
 
A continuación Tietmeyer se pregunta por qué si la ESM tuvo tanto éxito en sus principios ante la situación actual de la economía alemana se cuestiona la vigencia de este sistema. Su respuesta es que a finales de los años cincuenta empezaron las desviaciones del modelo: «Cuanto mejor nos iba –afirma literalmente– y esto fue el gran mérito de la ESM, menos estrictamente nos manteníamos en la fidelidad a los fundadores». Con el bienestar llegó la comodidad y un recurso en aumento al Estado. Se fomentó la fe en la efectividad de la intervención estatal en el proceso económico: el Estado social se extendió siempre más y más; si un sector dejaba de ser competitivo en el mercado internacional, las cajas del Estado debían asegurar los puestos de trabajo; ayuda y apoyo en todas las áreas: seguro de enfermedad, pensiones y mercado de trabajo.
 
Estos abusos del «Estado providencia» explican la insistencia con que dentro de la INSM se insista en que hay que volver a Erhard, provocando la impresión de que se deja de lado el componente social, cuando en realidad lo que ocurre es que se modifica la acentuación de diversos principios según las circunstancias. En la conferencia referida, el mismo Tietmeyer, al recordar la importancia que Erhard daba a la competencia, al principio del rendimiento y a la innovación, llega a afirmar que aunque puede parecer que la ESM se identifica con los principios de la economía anglosajona y americana se cometería un error si se tratase de copiarlos sin más, pues lo que pretende la INSM es aplicar un modelo innovador alemán. La INSM, continúa Tietmeyer, es neoliberal, en el sentido de la Escuela de Friburgo y de la conferencia de París de 1938, pero se diferencia de ese neoliberalismo en cuanto no reduce la intervención del Estado a la defensa de la competencia ampliándola también a los aspectos sociales y redistributivos. Las raíces históricas británicas y americanas no valen para Alemania, cuya tradición cultural se opondría a cualquier intento de eliminar nuestro sistema solidario o reducirlo a su mínima expresión, no se trata de volver al capitalismo manchesteriano, lo que pretendemos es estimular el ejercicio de la propia responsabilidad y de la previsión individual. Repetidas veces en sus escritos insiste Tietmeyer en que quiere dejar claro que la INSM no pretende proponer otra ESM, sino volver a los principios fundamentales, despojando al sistema de las corruptelas que ha acumulado en los últimos años. No se trata de eliminar lo social sino de conservarlo, reformando los sistemas de protección para que puedan funcionar de forma sostenible. Recordando el conocido libro de Erhard Bienestar para todos, Tietmeyer interpreta su significado en las circunstancias actuales con estas palabras: «Hoy no se trata de prometer el bienestar a cada ciudadano, más bien lo que se pretende hoy es que todos tengan una oportunidad. Oportunidad para todos es el leitmotiv de los nuevos tiempos» 

Naturalmente, entre los diversos críticos de la ESM, dentro y fuera de la INSM, hay bastantes escorados hacia el neoliberalismo propiamente dicho por las exageraciones a las que se ha llegado en la política social, con lo que caen en el otro extremo de olvidar la importancia del componente social, pero son casos aislados y lo más normal es que se repitan los principios que resumen lo que hemos expuesto anteriormente. Con un planteamiento económico, que no olvida la base ética, el INSM como tal considera como elementos principales de la ESM: 

  • La competencia en un mercado libre y la libre formación de los precios para estimular la iniciativa privada, la responsabilidad propia y la disposición al rendimiento, para lo cual se requiere también:
  • la propiedad privada de los medios de producción, que favorece el desarrollo del espíritu empresarial;
  • las políticas de coyuntura y crecimiento económico para evitar las fluctuaciones económicas, que dañan a los más débiles, y para tener recursos para financiar la atención de los que no pueden valerse por sí mismos, con lo cual se podrá:
  • asegurar el pleno empleo, 
  • políticas de estabilidad monetaria con la independencia del Banco Central, para controlar las tendencias inflacionistas, 
  • libertad para el comercio exterior, 
  • seguridad social, justicia social y progreso social con medidas estatales redistributivas en forma de cotizaciones sociales. El equilibrio social debe basarse en la responsabilidad ética de cada ciudadano en relación con los demás y esto es lo que se ha perdido en parte a lo largo del tiempo:
  • La ESM no es un sistema cerrado sino abierto y sensible a los cambios, por lo que según las circunstancias históricas modifica la intensidad en la aplicación de sus principios fundamentales. En los medios que se han de aplicar para ello, se han de tener en cuenta sus valores lo mismo que al establecer los objetivos, de forma que se ha de mantener el criterio de que ningún fin justifica ciertos medios. En esta apertura se corre el riesgo de sus posibles graves desviaciones, sobre todo en el área de la política social.

 

«Pensar de nuevo lo social»

Para terminar, y porque se aportan nuevas luces con planteamientos éticos sobre el tema actualmente más discutido de los aspectos sociales de la ESM, vamos a hacer referencia a una conferencia del cardenal Lehmann, presidente de la Conferencia de los Obispos alemanes. Antes de entrar en el texto de dicha conferencia, nos parece oportuno recordar las palabras que pronunció el cardenal con motivo del homenaje que se ofreció a Tietmeyer en su 75 aniversario. El cardenal Lehmann reconoció las importantes contribuciones del homenajeado para la configuración de la ESM y su empeño por adaptarla a los nuevos tiempos con los trabajos de la INSM. «Toda la obra de Tietmeyer –cito textualmente– está impregnada de los principios de la Enseñanza social católica de solidaridad, subsidiariedad y orientación hacia el bien común» y como discípulo y asistente del profesor Müller-Armack resultó predestinado para ser uno de los grandes pioneros de la ESM.
 
En el foro empresarial de la Asociación de Empresarios del Metal del distrito de Hessen, el cardenal Karl Lehmann pronunció una conferencia el 5 de octubre de 2004 con el título «La Solidaridad necesita responsabilidad propia». En ella habla de la necesidad de reformar el Estado social para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Resulta curioso que no haga ninguna mención de la ESM, quizás porque prefiere referirse al término que utiliza la Constitución alemana, pero sus planteamientos son los mismos que los de Tietmeyer y nos parece muy oportuno proponerlos brevemente para alejar toda duda de que lo que se quiere es mantener el factor «social» en el sistema de la economía de mercado alemana, en contra de lo que pretenden algunos críticos de clara ideología liberal.
                                                
El planteamiento del cardenal Lehmann coincide con el de INSM. Las circunstancias económicas y sociales están sometidas a un cambio continuo, por eso debe evolucionar la aplicación del Pensamiento Social de la Iglesia a partir de sus principios permanentes de la personalidad, solidaridad y subsidiariedad. La Justicia Social no es algo estático, por eso lo que es socialmente justo nunca puede darse por acabado, pues ha de relacionarse continuamente con la situación. Si nada cambia, si todo sigue como está, los perjudicados serán los que verdaderamente necesitan la protección de un Estado social que funcione. Y apoya su argumentación en un documento publicado por los obispos alemanes, en diciembre del 2003, y que se titulaba Pensar de nuevo lo Social. Una sociedad que no piense de nuevo «lo social» se causa a sí misma y a aquellos que dependen de su ayuda, graves daños. Esto sería una grave infracción del deber comunitario de hacer posible a todos sus ciudadanos una vida digna. Pero también sería un quebrantamiento de este mandato si el Estado, al intervenir también donde no es necesario, con una oferta desproporcionada de provisiones, soterrara la libertad individual y despojara a cada ciudadano de la responsabilidad para organizar su propia vida. Éste es el sentido que tiene la afirmación de que la solidaridad necesita responsabilidad propia.

También coincide con Tietmeyer en reconocer que «los Estados de Bienestar modernos» (con una utilización poco precisa del término EB que incluye a Alemania, no distinguiendo los elementos diferenciadores de la ESM del del  EB de los países nórdicos), en las últimas décadas han cambiado la mentalidad y el comportamiento de los ciudadanos, causando graves daños a la dignidad humana al hacer a las personas extraordinariamente dependientes del Estado y privándoles de los medios necesarios y de la capacidad para asumir la responsabilidad de su propia vida. De esta manera se han desplazado unilateralmente los equilibrios entre subsidiariedad o responsabilidad propia y solidaridad a favor de ésta última y por eso con la propuesta de «pensar de nuevo lo social» en el documento de los obispos alemanes se pretende reequilibrar de nuevo solidaridad y propia responsabilidad, interrelacionándolas para que se complementen entre sí y se fomente la autonomía personal en lugar de la dependencia. Hay que tener muy presente que en la concepción ética de la Justicia Social, lo socialmente justo es algo comunitario en cuanto ayude, e incluso posibilite, a todos los ciudadanos a conseguir su bienestar a través de la propia acción.
 
Con todos estos razonamientos, el cardenal Lehmann insiste una y otra vez que las reformas necesarias en el sistema de protección social de Alemania no sólo son convenientes por motivos económicos, sino que son una cuestión de justicia para que el Estado social sea sostenible y se pueda seguir ayudando a las personas que verdaderamente necesitan de él. Como representante de la Iglesia, recuerda que los pobres están situados en el punto central de su atención, y por eso, al apostar por una reforma en profundidad del Estado social, se quiere responder a la obligación que tienen los pastores de la Iglesia de preocuparse por los que padecen necesidad.

 

Conclusión

Pensamos que de todo lo expuesto se puede concluir que existe una estructura ideológica muy definida en el modelo de la ESM y que esa estructura ha permanecido y sigue vigente para hacer frente a los diversos contextos socioeconómicos por los que ha pasado a través de sus sesenta años de existencia, y sobre esta base trabajan los ciudadanos que de un modo más o menos activo forman parte de la INSM, bajo la dirección de Hans Tietmeyer. Únicamente quisiéramos advertir, para terminar, que los problemas que el modelo tiene planteados en Alemania no son transferibles literalmente a otros países, y de un modo muy particular al nuestro, si se tiene en cuenta que el sistema social de Alemania está considerado como uno de los más avanzados de Europa en cuanto al gasto, las prestaciones económicas y los servicios que facilita, y por eso ha llegado al límite de sus posibilidades, lo cual no ocurre en nuestro país en ninguno de esos tres conceptos. Y aunque la experiencia alemana puede ser un toque de atención muy útil para no caer en los mismos errores, el análisis para «pensar de nuevo lo social» hemos de hacerlo a partir de nuestra realidad.

(1) Si prefiere  leer el artículo con las notas a pie de página hechas por el autor abra el documento adjunto VO CON NOTAS.



Eugenio María Recio.
Profesor honorario de ESADE.



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