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Marzo - Abril de 2011 · nº 54

La derrota de ETA
José Luis Caballero

A propósito del anuncio de tregua de ETA del 5 de septiembre de 2010, el expresidente del Gobierno, José María Aznar, habló en noviembre de 2010, en una conferencia pronunciada en Murcia, de la derrota de la organización, “derrotada histórica y socialmente”, afirmó con su inexpresividad habitual. Lamento estar de acuerdo con él, en que ETA está derrotada histórica y socialmente, pero no estoy de acuerdo en su afirmación y en un detalle importante. Y ese detalle es que, a mi juicio, ETA estaba derrotada desde el mismo momento de su formación. Cuando en 1958 los jóvenes del PNV fueron expulsados del partido, plantearon una incongruencia fundamental y que era que, Euskadi, uno de los pilares de la formación de España en la Edad Media, debía separarse y formar un Estado independiente. Es evidente que mi tesis de partida será rechazada no ya por los seguidores de ETA sino por los nacionalistas vascos y probablemente por los nacionalistas catalanes, gallegos o por cualquier otro ideario nacionalista venga de donde venga, pero sigo manteniendo, mal que pese a unos y a otros, que español no es sinónimo de castellano, sino que para nuestra suerte o nuestra desgracia, el idioma de Cervantes es solo uno de los cuatro idiomas básicos que forman lo que llamamos España y que España es un país plural formado por unos cuantos viejos principados medievales.

 

Un punto de partida

Esta tesis no es más que un punto de partida para abordar una cuestión que me parece realmente importante –lo del nacionalismo no me importa ni mucho ni poco- ¿realmente ETA se siente derrotada y ha decidido dejar de las armas y en todo caso por qué reconoce ahora su derrota? A propósito de esto, apunta Charles Townshend en su libro “Terrorismo. Una breve introducción”, algunas cuestiones que me parecen muy interesantes. En primer lugar, a propósito del término terrorismo o terrorista, afirma que la razón de que alguien, aparentemente normal, cometa la barbaridad de poner una bomba en un lugar público o matar a una persona de un tiro por la espalda, es consecuencia de sustituir la individualidad , los valores de la persona, por una identidad colectiva. Ese, afirma, es el modo de deshumanizar a la víctima o a las víctimas y superar así la natural aversión al hecho de asesinar a una persona inocente. Lamento también tener que admitir que el nacionalismo, el creer que formamos parte de un etnia, raza, religión o nación diferente de otra, crea esa conciencia colectiva que deshumaniza a las personas, a los seres humanos y los hace posible objetivos de la barbarie. Los míos son los que merecen respeto y “los otros” son un bloque que es enemigo, víctima o adversario en el mejor de los casos. De ese modo, un joven guipuzcoano aparentemente buen chico es capaz de cometer una barbaridad incalificable como la de la bomba de Hipercor, por ejemplo, por citar algo que me tocó muy de cerca.

El hecho de definir Euskadi como una nación, provincia, país o comunidad por supuesto que no me interesa ni me dice nada en absoluto y del mismo modo calificar a ETA de organización terrorista, de ejército popular, de banda armada, mafia, organización independentista, o cualquier otro calificativo me es igualmente indiferente y lo encuentro igual de inútil. La realidad pura y dura es que ETA comete atentados sangrientos, asesina personas, destruye bienes, lleva a cabo extorsiones, amenaza y agrede, no respeta los derechos de los demás y sistemáticamente presiona y amenaza a sus enemigos políticos. Todo ello son delitos tipificados en el Código Penal y esa es la única realidad. Lo demás son titulares periodísticos que la mayoría de las veces responden más al espacio para titular que a criterios racionales. Así pues tenemos una organización armada, violenta, terrorista o lo que sea, formada sobre la entelequia del nacionalismo que, como todo el mundo sabe, es un invento de los nacionalistas del siglo diecinueve.

 

El pecado original

¿Ha reconocido ETA ese pecado original? Desde luego que no, lo que sí parece más probable es que haya entrado en la dura cabeza de sus dirigentes el hecho incuestionable de que jamás el Estado francés o el Estado español aceptarán Euskal Herría, la creación de un nuevo Estado a costa de un territorio propio rompiendo así dos países que se remontan a cinco o seis siglos atrás. ETA se ha tenido que dar cuenta que su estrategia tradicional de acción-represión-acción no lleva a ninguna parte, porque el Estado ha asimilado perfectamente la existencia de esa piedra en el zapato. Hemos vivido cincuenta años con el terrorismo (¡) etarra y podemos vivir cincuenta más, como en Colombia o en Filipinas. La existencia de la lucha callejera, los atentados, la presión política contra los no nacionalistas ha descendido notablemente por la acción policial, por el hastío de la población y aunque esa situación perjudica la vida normal del país, Euskadi sigue siendo una de las comunidades españolas con mejor nivel de vida y con menos paro. La sociedad vasca y la española en general asimilan la existencia de ese terrorismo-lucha armada-violencia que ya no tiene futuro como un mal menor o como una característica del tiempo que nos ha tocado vivir. El Estado, como apunta Townshend, ha respondido al maximalismo de las tesis etarras con un refuerzo de la vigilancia, con un sutil recorte de las libertades públicas que casi no notamos y no ha caído, en absoluto, en la espiral de violencia que la organización esperaba. “En realidad, los sueños apocalípticos que han animado a muchos grupos terroristas nunca se han materializado”, dice Townshend. Para el Estado, entendido no solo como estructura administrativa, sino como cuerpo social, es posible llegar a una situación de coexistencia, pero no de interacción. Es decir, es posible que los dirigentes etarras se hayan dado cuenta de que el Estado puede asimilar esta situación, pagar el precio de algunos miembros de la clase política o de las fuerzas de seguridad en peligro, e incluso de la pérdida de algunas vidas de ciudadanos, pero lo que nunca van a encontrar es un “quid pro quo” un intercambio de concesiones y mucho menos una respuesta antidemocrática y dirigida contra el pueblo vasco. El Estado no lo necesita porque, tal vez, también las altas instancias se han dado cuenta, o lo saben desde siempre, que ETA estaba derrotada nada más echar a andar y lo que se ha desarrollado, a mi juicio, desde la llegada de la Democracia, ha sido una lucha para defender a la población y no al Estado, ni siquiera al Estado democrático que ETA nunca hecho peligrar.

¿Quiénes son ahora los etarras? Con una regularidad espectacular, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado van desmantelando las cúpulas de ETA una tras otra. No hay que ser un gran analista para darse cuenta que la edad de los dirigentes, obviamente, va bajando y que ninguno de ellos ha sufrido la dictadura. Pero si baja su edad también baja la calidad. Hace muchos años que no existe en ETA un dirigente de la categoría de Txomin Iturbe Abasolo. ¿Y qué pasa con los recién llegados? En Euskadi, la gente muy joven debía pasar por lo que Townshend llama un “rito de transición”. El nacionalismo está muy arraigado en parte de la sociedad vasca y cuando un muchacho llegaba a la adolescencia, su forma de dar el salto a la madurez parecía ser la integración en el entorno violento-independentista; ya tendrá tiempo de afiliarse al PNV. Todo lo que la juventud tiene de rebelde, la situación de paro juvenil y las perspectivas de una sociedad capitalista opresiva ha sido aprovechado tradicionalmente por el entorno etarra para movilizar a los jóvenes, esa es la base práctica. El cebo es que resulta atractiva la violencia callejera, el enfrentamiento con el sistema y en última instancia, para algunos, el poder que da llevar un arma en el bolsillo. Pero todo eso es solo humo, hace falta una estructura ideológica que le de sentido. Y esa ideología ha sido un maridaje contra-natura entre el nacionalismo y el marxismo revolucionario. ¿Qué ha pasado con el mito revolucionario, el socialismo que ETA defendía y simula defender todavía con sus dirigentes levantando el puño? Irrita sobremanera ver desvirtuada la lucha de la clase obrera con unos individuos tapados bajo una capucha. Para ellos, un obrero no nacionalista de Euskadi es un enemigo; un obrero “español” también, así pues lo que siempre ha entendido el socialismo o el comunismo como “clase obrera” se desvirtúa absolutamente en el entorno etarra cuando se les exige primero la fe en Sabino Arana. Es de sobra sabido el rechazo comunista a la violencia individualista, al terrorismo de la bomba indiscriminada. No hay más que leer a Lenin para saber que el “combate individual” es contrario a la acción de masas y que esa violencia no conecta con el pueblo. O sea, que aún calificándose a sí mismos de marxistas-leninistas, matar a alguien de un tiro por la espalda o poner una bomba en un aeropuerto sigue siendo un acto esencialmente fascista.

 

La filosofía de la bomba

En los orígenes del terrorismo anarquista en el siglo diecinueve, puramente individualista, la estrategia utilizada la definió Johannes Most en su opúsculo “La filosofía de la bomba”. Definía Most seis ítems en la utilización de la violencia:

  • La violencia abusiva (o sistemática) se apoderará de la imaginación del pueblo.
  • En consecuencia, el pueblo abrirá los ojos ante los asuntos políticos.
  • La violencia otorga poder y constituye una fuerza limpiadora.
  • La violencia sistemática puede amenazar al Estado hasta hacerle cometer acciones injustificables.
  • La violencia puede desestabilizar el orden social y amenazar con la descomposición social. (Espiral terror, contraterror).
  • Finalmente, el pueblo rechazará al Gobierno y se acercará a los terroristas.

Si donde dice violencia (abusiva o sistemática, da igual) lo sustituimos por “lucha armada”, tenemos claramente definida la estrategia etarra. Es cierto que ETA alcanzó el punto uno, que la violencia sistemática de los años setenta y ochenta creó un imaginario mítico en Euzkadi, el del gudari luchador contra la dictadura, la opresión o la invasión. Lo de que el pueblo abriría o no los ojos ante los asuntos políticos no está nada claro, pues es evidente que la democracia en España ha desactivado el interés de los ciudadanos en la “cosa pública” y la movilización política va poco más allá de las elecciones. Que la violencia otorga poder es indudable, pero un poder perverso y concentrado en unas pocas manos que, en realidad, no lo utilizan para ningún bien tangible que el pueblo pueda apreciar ni actúa desde luego como fuerza limpiadora de la sociedad. La amenaza al Estado nunca fue un peligro real, aunque es cierto que el Estado respondió en algún momento con acciones injustificables, pero no es banal el hecho de que el mismo Estado juzgó y condenó a los responsables de esas “acciones injustificables”. En quinto lugar, la violencia o la lucha armada de ETA nunca desestabilizó el orden social. Si en algún momento creyeron que se descompondría el Estado democrático el tiempo ha demostrado que era un presupuesto falso. Ni siquiera el pronunciamiento involucionista del 23 F era una consecuencia directa del terrorismo etarra. Y finalmente, el pueblo, como sujeto de mayorías y minorías nunca ha rechazado al Gobierno y no se ha acercado a los terroristas o a los supuestos gudaris de la lucha armada. ¿Qué ha conseguido entonces la lucha de ETA? La respuesta objetiva se acerca mucho a: nada. La democracia en España habría llegado igual, o mejor seguramente. Sin el concurso de ETA, la Constitución y el estatuto vasco hubieran sido aprobados igual, probablemente mejorados, porque sin la presión de la violencia los partidos democráticos hubieran tenido las manos libres para planteamientos más valientes sin que pareciera que cedían a la violencia. Los cientos de muertos, los encarcelados, perseguidos, presionados, expulsados, heridos, no han servido para nada, porque Euskadi es lo que es, con ETA y sin ETA.



José Luis Caballero.
Escritor. Su último libro es El espía imperfecto. ISBN: 9788492429721. Año 2009. Madrid.

COMRàdio:
Entrevista al autor sobre el artículo.



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