Carles Navales

Desde Catalunya

Son muchas las personas que no viven en Catalunya, pero están interesadas por su realidad.

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FUENTE: Gran enciclopedia Espasa Universal

Cataluña (en catalán, Catalunya)

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Región histórica y comunidad autónoma de España, situada en el NE de la península Ibérica. Limita al N con Francia y Andorra, al E y SE con el Mediterráneo, al S con la Comunidad Valenciana (provincia de Castellón) y al O con Aragón (provincias de Teruel, Zaragoza y Huesca).

Geografía

Geografía física

Extendida entre el Pirineo axial, al N, y el valle del Ebro, al S, Cataluña presenta una gran diversidad paisajística producto de la variedad de relieves y climas. Los Pirineos alcanzan altitudes superiores a los 3.000 m en el límite con Aragón, mientras que hacia el E pierden altura hasta hundirse en el Mediterráneo. Una serie de sierras (Cadí, Boumort, Puigsacalm) compuestas por materiales mesozoicos plegados constituyen el Prepirineo, separado del primero por depresiones longitudinales (Cerdaña, Alt Urgell, Conca de Tremp). La depresión Central, apéndice nororiental de la depresión del Ebro, está constituida por materiales terciarios que originan paisajes diferenciados en función de la intensidad de los procesos erosivos: hoyas de erosión (Conca de Barberà, conca d'Òdena, plana de Vic), relieves en páramos (Urgell, Segarra) o terrazas y depósitos aluviales en la llanura del Segrià. Paralelas a la costa, las cordilleras Costeras Catalanas están integradas por dos alineaciones montañosas, la cordillera Litoral (Montnegre, Garraf) y la cordillera Prelitoral (Guilleries, Montseny, sierra de Cardó) separadas por la depresión Prelitoral. Esta heterogeneidad en el relieve condiciona la distribución climática. En términos generales, Cataluña está situada en el dominio climático de la zona templada, caracterizada por inviernos suaves, y veranos largos y calurosos. Las máximas precipitaciones se registran al NE, donde se superan los 1.000 mm anuales y disminuyen hacia el S y el interior, donde el clima es mediterráneo continental muy seco (350 mm anuales). La red hidrográfica catalana se organiza en dos grandes cuencas: la occidental, con ríos pirenaicos tributarios del Ebro a través del Segre, y la oriental, cuyo eje fluvial es el Llobregat; en general son de régimen pluvionival, con pendientes pronunciadas y caudales irregulares. La vegetación se adapta al relieve y al clima: en los Pirineos, los pisos alpino y subalpino se caracterizan por prados de Festuca , pino negro y abetales, mientras que en la depresión Central, la vegetación natural es esteparia y, en la franja mediterránea, dominan los bosques de hoja perenne y coriácea.

Geografía humana

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La población catalana representa el 15 % de la española. La evolución demográfica a lo largo del siglo xx marcó altos porcentajes de crecimiento interanual, en especial en el periodo comprendido entre 1950 y 1970, época de fuerte inmigración interestatal. La pirámide de edades presenta una tendencia al envejecimiento a causa de unas tasas de mortalidad y natalidad reducidas; durante la década de 1990, el índice de hijos por mujer se situaba entre los más bajos de Europa. La llegada a la edad de máxima fecundidad de las generaciones pertenecientes al baby boom y una nueva ola de inmigración apuntan hacia una recuperación de las tasas de natalidad. La alta densidad de población (190 h./km 2 ) presenta diferencias territoriales notables entre el interior del país (de 30 a 90 h./km 2 ) y la franja litoral y prelitoral (más de 600 h./km 2 ). Cerca de 3.500.000 personas se concentran en el área metropolitana de Barcelona, un 55 % del total, claro ejemplo de macrocefalia urbana que se extiende hacia la costa y los valles interiores. Fuera del ámbito de la ciudad de Barcelona destacan las capitales provinciales, Girona (76.475 h.), Tarragona (117.184 h.) y Lleida (115.000 h.) y alguna ciudad mediana, como Reus (91.616 h.) y Figueres (35.174 h.).

Geografía económica

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Yacimiento arqueológico de Empúries, Girona

La economía catalana representa casi el 20 % del PIB estatal, y se sustenta en un potente sector secundario (el mayor de España) y terciario. Con todo, la mayor parte del país tiene un aspecto rural, con cultivos de secano en el interior (cereales, olivares, viñedos, almendros, etc.) y hortofruticultura (frutales, hortalizas, flores, etc.), en el litoral, riberas de los principales ríos (Ebro, Llobregat) y regadíos de la fértil huerta leridana. La ganadería, especialmente la cabaña porcina, es también un importante activo del sector primario. El sector industrial aporta el 30,2 % del PIB catalán, y se concentra en varios focos tradicionales (Terrassa, Sabadell, Manresa, Mataró), a los que se suman múltiples centros -en grandes y medianos núcleos urbanos-, con una actividad industrial más moderna y diversificada (automóviles, metalurgia, química, alimentación, artes gráficas, papeleras, etc.). El peso económico del sector servicios va en aumento (gracias sobre todo a la expansión turística), aunque únicamente en la capital barcelonesa tiene un predominio muy claro, como consecuencia de su extraordinaria vitalidad comercial y de su papel politicoadministrativo.

Historia

De los orígenes a la dominación romana

El neolítico, introducido en el v milenio a. C., se caracterizó por la cerámica cardial o montserratina, mientras que la última fase (hacia 3000 a. C.) tuvo como elemento central los sepulcros de fosa. En el ii milenio a. C. apareció el bronce, cuya cultura va unida a los sepulcros colectivos y a los monumentos megalíticos. Hacia el año 1000 a. C. se produjeron las invasiones célticas que introdujeron la cultura del hierro de Hallstatt y, con ella, los ritos de incineración y los campos de urnas, además del uso del arado, el caballo y el carro. La fundación de Emporion (Empúries) y Rhode (Roses), hacia 600 a. C., marcó el inicio de la presencia griega en Cataluña, condicionada por dichos asentamientos, verdaderos centros comerciales y culturales de la zona. Posteriormente, el dominio romano sobre Cataluña se consolidó tras sofocar las rebeliones de los ilergetes, dirigidas por Indíbil y Mandonio. La intervención de Marco Porcio Catón, en su desembarco en Empúries en 195 a. C., comportó la pacificación definitiva del territorio, a partir de entonces imbricado en la República y el Imperio romano. El proceso de romanización no empezó a manifestarse de manera palpable hasta fines del siglo i a. C., con la penetración de la lengua latina, la adopción de la moneda y el derecho romanos, y la extensión de una economía basada en la unidad de producción de la villa esclavista, el desarrollo de centros urbanos y la articulación de las vías de comunicación (calzadas). De este modo, quedó adscrita, dentro de Hispania, al convento jurídico tarraconense. La crisis del Imperio (siglo iii d. C.) afectó notablemente a Cataluña: las invasiones de francos y alamanes, unidas a crisis sociales internas, convulsionaron la región. Ciudades como Emporion, Barcino, Tarraco e Ilerda fueron parcialmente destruidas, y muchas villas, arrasadas. La disolución de las estructuras imperiales romanas enlaza con la etapa visigoda, en la que pervivió el esclavismo, la sujeción protofeudal y la aparición de la libre propiedad.

De la dominación visigoda a la conquista carolingia

Después de la fracasada expedición de vándalos, suevos y alanos, el visigodo Ataúlfo, aliado de los romanos, se estableció en Barcino (415), pero fue asesinado ese mismo año. Se inició entonces una etapa (415-476) en la que los visigodos actuaron federados con los romanos. Consumada la desaparición del Imperio (476), se sucedieron etapas de dominio ostrogodo y visigodo hasta consolidarse estos últimos y mantenerse en el poder hasta la llegada del Imperio carolingio. Poco tardó el inestable reino visigodo, que en Cataluña mantenía su poder mediante las exacciones fiscales, en disgregarse ante la invasión musulmana (717-718). La batalla de Poitiers (732), que puso fin al avance musulmán en el sur de Europa, inició la recuperación del territorio por los francos (752-768). En 785 Luis I el Piadoso tomó la ciudad de Gerona con la colaboración de los indígenas, y en 801 se produjo la toma de Barcelona, tras dura resistencia musulmana y de la población hispana.

Los condados catalanes y la Corona de Aragón

De este modo, a principios del siglo ix se fijó la frontera, al O y al S de las cuencas de los ríos Llobregat, Cardener y Segre medio, que se mantuvo invariable cerca de 300 años. La zona musulmana formó parte del emirato y califato de Córdoba, dividida en dos grandes coras, Az-Zaytum (con capital en la actual Lleida) y Al-Burtat (con capital en la actual Tortosa) que, tras la caída del califato, se convirtieron en capitales de dos importantes taifas. Ambas acabaron siendo dominadas por los almorávides, para pasar finalmente al condado barcelonés a mediados del siglo xii . Por otra parte, en la llamada Cataluña Vieja, se organizó la Marca Hispánica, dependiente de Narbona, todo ello en el marco del Imperio carolingio. A lo largo del siglo ix se organizaron los condados de Rosellón, Cerdaña, Ampurias, Urgel, Besalú, Barcelona, Gerona, Ausona, Berga, Peralada, Vallespir, Conflent, el Pallars y la Ribagorza, que colonizaron el territorio a través de presuras, dando lugar a una sociedad de campesinos libres alodiales. De entre estos condados pronto destacó el de Barcelona, que se convirtió en hegemónico, sobre todo con Wifredo el Velloso y especialmente en el siglo xi , en el momento en que se producía la revolución feudal, en tiempos de Ramón Berenguer I y de sus sucesores. En el siglo xii se produjeron las anexiones territoriales realizadas por Barcelona (Besalú, Cerdaña, Rosellón, Pallars Jussà, Tortosa, Lérida y Tarragona, de manera definitiva; Occitania, de modo transitorio) y la conversión del catalán en una lengua escrita. Cataluña se convirtió en el siglo xiii en centro del nuevo estado, a la vez que un núcleo artesanomercantil expansivo, feudal e imperialista, exportaba su idioma y sus estructuras políticas a los territorios musulmanes del este peninsular, las Baleares y otras zonas del Mediterráneo. La pretendida «extinción biológica» de la casa de Barcelona y la entronización de los Trastámara (compromiso de Caspe, 1412) marcaron la decadencia económica de Barcelona y el auge de Valencia. Además, las tensiones sociales en el campo, donde las relaciones feudales eran insostenibles para los campesinos remensas, llevaron a la guerra civil de 1462-1472.

La época de los Austrias

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El 11 de septiembre de 1714 (1909). Óleo de Antoni Estruch. Fundación Caixa de Sabadell, Sabadell

A finales del siglo xv la Corona de Aragón perdió su hegemonía en pro de la Corona de Castilla. No obstante, a su muerte (1516), Fernando el Católico dejó sus estados patrimoniales con una estructura política tan sólida que, durante dos siglos, pudieron resistir los embates centralizadores de los monarcas españoles. Durante la dinastía de los Austrias, Cataluña constituyó un estado autónomo dentro de la monarquía hispana. Para Cataluña fue una etapa gris, durante la cual vivió recluida en sí misma, apartada de las empresas exteriores de la monarquía, convulsionada por el bandolerismo, las incursiones de los piratas berberiscos, las hostilidades de Francia en el Pirineo y los ataques del poder central contra sus libertades y privilegios. Los conflictos estallaron en el Corpus de sangre (1640), que dio lugar a la guerra dels Segadors, tras la cual las constituciones de Cataluña quedaron intactas, aunque su territorio fue reducido por la incorporación a Francia de los condados de Rosellón y la Cerdaña (paz de los Pirineos, 1659). Por otra parte, vivió un proceso de castellanización de su nobleza y sus intelectuales, aunque pudo evitar la absorción política y mantuvo el catalán como lengua oficial del Principado. Cataluña conservó casi íntegro su patrimonio material. Se inició a partir de entonces la dicotomía entre el poder político, encarnado en Castilla, y la pujanza económica, radicada en Cataluña, que ya se anunciaba desde el reinado de Carlos II.

La guerra de Sucesión española y el siglo xviii

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Francesc Macià camino del exilio (1923)

La extinción de la dinastía de los Austrias planteó el problema de la reestructuración política de la monarquía, al mismo tiempo que dio pie a una contienda general europea. Apoyados por Inglaterra, Países Bajos y Austria, temerosos de la hegemonía francesa en el continente, los estados de la Corona de Aragón se convirtieron en el eje del movimiento austrófilo, oponiendo a la concepción borbónica, unitaria y centralizadora, defendida por Castilla, una vertebración peninsular basada en el federalismo. La guerra de Sucesión española terminó con la victoria de los Borbones y la entronización de Felipe V, lo que para Cataluña, Valencia y Aragón significó la abolición de su régimen constitucional ( Decretos de Nueva Planta , 1716). No obstante, el distinto ritmo de la evolución económica y social de Cataluña respecto al de extensas zonas del ámbito peninsular entorpeció el proceso uniformizador y centralista inaugurado con los Borbones. A fines del siglo xvii el Principado había experimentado un renacimiento económico que hizo posible su actitud durante la guerra de Sucesión. Durante el gobierno de los primeros Borbones se recuperó de los desastres de la guerra y adaptó su economía a la nueva situación. Del comercio con América, a partir de 1778, cuando los catalanes obtuvieron autorización de la monarquía para negociar con dicho continente, salieron buena parte de los capitales necesarios para multiplicar su potencia industrial. Cataluña se industrializó progresivamente, y su nueva fisonomía social contrastó cada vez más con las estructuras arcaicas, agrarias y feudalizantes de gran parte de la Península.

El siglo xix

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Lluís Companys junto a miembros de su gobierno (1937)

Tales diferencias estructurales se acrecentaron a lo largo del siglo xix , cuando la industrialización de Cataluña se intensificó y se sentaron las bases de la recuperación de su personalidad nacional (Renaixença). Así, las reivindicaciones invocaron no sólo un historicismo romántico, sino las necesidades de la economía y el progreso. Durante el Trienio Constitucional (1820-1823) asomó un tímido movimiento «provincialista» entre los liberales catalanes, mientras los realistas propugnaban la restauración de los antiguos fueros y privilegios. El turbulento reinado de Isabel II (1833-1868) hizo que las autoridades locales de Cataluña actuaran con independencia de las de Madrid. La guerra entre isabelinos y carlistas fue más que una lucha dinástica o ideológica, un enfrentamiento entre la sociedad urbana aburguesada y la sociedad agraria, amenazada por el liberalismo económico y las secuelas de la industrialización. El final de la guerra fue paralelo al nacimiento del movimiento obrero, que condicionó los episodios ulteriores de la lucha política. Políticos en Madrid, sociedades obreras y republicanos, intervinieron activamente en el Bienio Progresista (1854-1856), el destronamiento de Isabel II (1868), el intento de entronización de Amadeo de Saboya (Amadeo I) o la I República (1873). En el orden político revolucionario, la etapa republicana cuenta con un hecho tan efímero como significativo: la proclamación en marzo de 1873 del Estado catalán dentro de la República federal española; sin embargo, la presencia de una masa obrera con conciencia de clase y reivindicaciones propias puso a prueba el reformismo de su burguesía, cuyo sector más poderoso abandonó su proyecto de construir un estado moderno, adecuado a la situación de Cataluña, y apoyó a los partidarios de la reentronización de la dinastía borbónica.

De la crisis del 98 a la dictadura de Primo de Rivera

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Josep Tarradellas (izquierda)

La crisis de 1898, motivada por la pérdida de las últimas colonias españolas, provocó el desengaño de la alta burguesía catalana respecto a las posibilidades de la alianza con el antiguo Estado español. A ello cabe añadir la creación de la Lliga Regionalista (1901), con un papel relevante en el liderazgo del catalanismo político, lo que significó la ruptura con los partidos caciquiles turnantes de la Restauración y el abandono del sucursalismo político. El obrerismo catalán, esencialmente de carácter anarcosindicalista hasta el siglo xx , contribuyó de igual modo a la creación de un nacionalismo catalán de izquierdas. Por otro lado, la gestión de la Lliga fue preponderante en Cataluña hasta el advenimiento de la dictadura de Primo de Rivera. De 1906 hasta la Semana Trágica (1909), la Lliga dirigió el movimiento de Solidaritat Catalana contra la arbitraria Ley de Jurisdicciones. Desde 1914 estuvo al frente de la Mancomunidad de Cataluña, organismo politicoadministrativo formado por las cuatro provincias catalanas para gestionar mancomunadamente los asuntos de interés común. En 1917, la Lliga propició la Asamblea de parlamentarios, expresión de la crisis política del estado de la Restauración y, en unión de elementos republicanos y democráticos, propugnó una reforma constitucional de signo liberal que incluía una solución autonomista para la cuestión catalana. La dictadura del capitán general de Cataluña Primo de Rivera reprimió duramente tanto el movimiento obrero como el catalanismo (supresión de la Mancomunidad). En 1923-1930 se produjo un hecho nuevo de carácter politicosocial: la confluencia de la oposición obrera y catalanista, cuya dirección pasó a los grupos nacionalistas y republicanos, dispuestos a entenderse con los anarcosindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). La caída de Primo de Rivera (1930) y el inicio de la «dictablanda», nombre que se dio al gobierno presidido por D. Berenguer (1930-1931), hicieron entrar en crisis a la monarquía que la había sostenido. Fue entonces cuando surgió Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), nutrida por la pequeña burguesía y dirigida por F. Macià y Ll. Companys.

La II República y la Guerra Civil española

Gracias al voto obrero, ERC triunfó en las elecciones municipales de 1931, y fueron hombres de ese partido los que dos días después proclamaron en Barcelona la República catalana, convertida, por la intervención del gobierno de Madrid, en un gobierno regional autónomo, llamado Generalitat de Catalunya. Este se encargó de redactar un Estatuto de Autonomía que fue aprobado por las Cortes de la República (1932). Mientras en España las elecciones de 1933 dieron la victoria a las derechas, que intentaron desbaratar la obra reformista anterior, en Cataluña, ERC predicaba la reforma social como un postulado del catalanismo. El momento más grave en el gradual empeoramiento de las relaciones entre Barcelona y Madrid se produjo con la aprobación de la Ley de Contratos de Cultivo, favorable a los arrendatarios y aparceros, por el Parlamento catalán (1934), que fue anulada por el Tribunal de Garantías Constitucionales y reaprobada inmediatamente en el Principado. Cuando los negociadores de la Generalitat y del gobierno de Madrid parecían haber encontrado una salida airosa para ambas partes, estalló la Revolución de Octubre de 1934. El motivo fue la entrada de tres ministros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) en el gobierno de la República. La Generalitat se sumó al movimiento, presionada por un sector de la masa obrera y por los grupos independentistas catalanes. El propósito de Companys era volver a la situación política del primer bienio e instaurar una República federal, pero la abstención de la CNT y las indecisiones de los sublevados hicieron fracasar el movimiento, lo que trajo consigo la suspensión del Estatuto y el encarcelamiento de los principales líderes catalanes. Volvió a producirse una confluencia de la izquierda liberal y de los partidos obreristas para conseguir, junto con la amnistía de los presos políticos, el restablecimiento de la situación y del programa del primer bienio de la República. Tal fue la génesis del Frente Popular, llamado en Cataluña Front d'Esquerres. Su victoria (febrero de 1936) restableció la autonomía de Cataluña, y ERC volvió a la Generalitat. Se inició entonces un periodo de conflictividad atenuada, que desembocó en el alzamiento militar de julio, origen de la Guerra Civil que había de durar hasta 1939 y de la revolución popular coetánea a la guerra. El triunfo del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), aliado con las fuerzas del gobierno de la Generalitat en el enfrentamiento con el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), y con las organizaciones anarquistas (CNT-FAI) en mayo de 1937, impuso una alternativa política pactista, opuesta a las colectivizaciones llevadas a cabo hasta entonces y cuya estrategia se basó en la derrota de los sublevados. La aniquilación, con la batalla del Ebro, de un importante contingente del ejército republicano, permitió a las tropas de Franco un rápido avance hasta Barcelona. Cataluña quedaba ocupada, y ello significó el fin de su autonomía.

Del franquismo a la comunidad autónoma de Cataluña

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Iglesia de San Clemente de Taüll, Lleida

Después de la primera década del régimen, en la que el estado franquista se recuperaba en todos los aspectos de la posguerra, la vida economicosocial estuvo marcada por la gran acumulación de capital, la progresiva industrialización, y un aumento de los flujos inmigratorios de población originaria de zonas de España más castigadas económicamente después de la guerra, hacia las comarcas del Barcelonés, Bajo Llobregat, Vallés y Bages. Todos estos factores favorecieron la integración de la alta burguesía catalana en el bloque dominante español. Durante los primeros años de la década de 1970, estas transformaciones socioeconómicas evidenciaron la carencia de unas estructuras políticas autónomas, que permitieran a la burguesía catalana una mayor capacidad negociadora con el estado central, pero al mismo tiempo habían potenciado el resurgimiento del nacionalismo catalán sobre nuevas bases. Todo ello resultó más evidente tras la muerte de Franco (1975): amplitud de las huelgas y manifestaciones politicosociales de 1975-1976; salida a la luz pública de los partidos e instancias unitarias del centroizquierda; intento de autodefinición política independiente de la burguesía catalana. En octubre de 1977, después de la imponente manifestación catalanista del 11 de septiembre, regresó el presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, quien, tras el decreto-ley de preautonomía del gobierno Suárez, formó un gobierno con los representantes de las diferentes fuerzas políticas. Paralelamente se elaboró un texto estatutario (Estatut de Sau, 1978) que, tras pasar por las Cortes españolas, fue plebiscitado por el pueblo catalán (octubre de 1979). En marzo de 1980 se celebraron las primeras elecciones al Parlamento catalán, en las que venció la coalición Convergència i Unió (CiU), y Jordi Pujol fue elegido presidente de la Generalitat, con lo que dio comienzo una etapa de aceleración de los traspasos de competencias políticas y económicas. Desde entonces, y tras las victorias en las elecciones de 1984, 1988, 1992 y 1995, Pujol fue reafirmado progresivamente en su cargo, a pesar de que su liderazgo fue seriamente amenazado en las elecciones de 2000. En 1987, el Parlamento autónomo aprobó una serie de leyes sobre la ordenación territorial de Cataluña que, entre otras cosas, dividían el territorio en las 38 comarcas creadas por la Generalitat republicana (aumentadas hasta 41 en 1988), al frente de las cuales se situaba un consejo comarcal dotado de ciertas competencias orientadas a la prestación de servicios; y regulaban el traspaso de competencias de las cuatro diputaciones provinciales a la Generalitat y a los consejos comarcales. El nuevo consejo de gobierno desarrolló una política europeísta, centrada en la potenciación de la Europa de las regiones. La financiación de las grandes obras de infraestructura necesarias para la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona suscitó vivas controversias entre el gobierno de la Generalitat y el central, solventadas mediante acuerdos puntuales. Desde la década de 1990 la política catalana se ha decantado por la participación de la coalición gobernante en el Parlamento autonómico en los gobiernos nacionales, ofreciendo su apoyo al PSOE y Partido Popular (PP) para formar gobierno o aprobar proyectos de ley. En las elecciones de 2003, CiU, encabezada por Artur Mas, ganó en número de escaños, pero un pacto de izquierdas con el PSC (que ganó en número de votos), ERC e Iniciativa per Catalunya (IC) posibilitó que el candidato socialista P. Maragall fuera investido presidente de la Generalitat. En julio de 2005, el Parlament hizo público el informe de la ponencia sobre la reforma del Estatut de Catalunya, que aspira a adquirir más y mayores competencias asignadas hasta el momento a la Comunidad en diversas materias. Tras su aprobación por mayoría en el Parlament el 30 de septiembre, se presentó ante el Congreso de los Diputados al mes siguiente. En marzo de 2006, la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados aprobó la reforma del estatuto con la oposición del Partido Popular y Esquerra Republicana de Catalunya. El proceso continuó con la aprobación en el Senado en mayo, pero no consiguó el respaldo de ERC, cuyos miembros en el gobierno autonómico fueron cesados antes de su ratificación en el Parlament. Tras esta, se celebró un referéndum el 18 de junio en el que, pese a la escasa participación (49,4%), resultó aprobada la reforma del Estatut por una mayoría de los votos. El 7 de septiembre P. Maragall disolvió el Parlament y convocó elecciones anticipadas para el 1 de noviembre, a las que no se presentaría como candidato. Celebrada la consulta, los resultados fueron los siguientes: CiU, 31,5 % de los votos (48 escaños); PSC, 26,8 % (37); ERC, 14,1 % (21); PP, 10,6 % (14), ICV-EUiA, 9,6 % (12) y C's, 3,0 % (3). La participación fue del 56,77 %. El candidato socialista, José Montilla, se convirtió en el nuevo presidente de la Generalitat con el apoyo de ERC e Iniciativa per Catalunya Verds (ICV).

Arte

De la prehistoria al arte romano

El arte rupestre levantino, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1998, está representado en las pinturas de las cuevas de El Cogul (Lleida) y El Perelló (Tarragona), entre otras. La civilización ibérica dejó sus mejores huellas en los poblados de Tivissa (Tarragona) y Ullastret (Girona). Los griegos se instalaron en Empúries (fundada en el siglo vi a. C.). De la presencia romana dan fe los restos conservados en Tarragona (teatro, acueducto, necrópolis, circo), que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 2000, y en algunos otros lugares como Barcelona, Vic, Empúries o Badalona.

El románico catalán

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Monasterio de Santa María de Poblet, Tarragona

Al siglo ix , constituida ya la Marca Hispánica, corresponden la parte más antigua de Sant Pere de les Puelles (Barcelona) y, en lo fundamental, el grupo de tres iglesias de Terrassa. En los siglos x y xi se construyeron numerosas iglesias prerrománicas de pequeñas dimensiones (Boada, Pedret, Marquet, Olèrdola), así como edificios de mayor importancia y complejidad que anunciaban ya el románico, como los monasterios de Santa María de Ripoll y Sant Pere de Rodes, San Vicente de Cardona, Sant Ponç de Corbera. La actividad constructiva se acrecentó en la época románica y transformó el aspecto monumental del país: las catedrales de la Seu d'Urgell y Solsona, las iglesias de Sant Joan de les Abadesses, Besalú, Porqueres, el conjunto de la Vall de Boí (declarado Patrimonio de la Humanidad en 2000) y muchas más. Entre las obras escultóricas más significativas de este periodo destacan los dinteles de Sant Genís les Fonts y de San Andrés de Sureda, la portada del monasterio de Ripoll, la tribuna de Serrabona, los claustros de Elna, Girona y Sant Cugat del Vallés, e imágenes exentas, como la Majestad de Caldes de Montbui, las Vírgenes de Montserrat y de Solsona y el grupo del Descendimiento de Sant Joan de les Abadesses. La pintura románica catalana, mural y sobre tabla, posee un extraordinario interés, ya que no existe en ningún otro lugar un conjunto de obras tan numeroso y variado, conservado actualmente en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y en los museos de Vic y Solsona. El llamado Tapiz de la Creación (catedral de Girona) es una obra excepcional en el marco del arte románico.

El gótico

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La Casa Amatller y la Casa Batlló, proyectadas por Josep Puig i Cadafalch y Antoni Gaudí, Barcelona

Las fórmulas arquitectónicas cistercienses dieron sus mejores frutos en los monasterios de Poblet (declarado Patrimonio de la Humanidad en 1991), Santes Creus y Vallbona de les Monges, que influyeron poderosamente en el de Sant Cugat del Vallès y en las catedrales de Lleida y Tarragona. La arquitectura gótica catalana creó una tipología propia, que tuvo su modelo paradigmático en la iglesia barcelonesa de Santa María del Mar. Otros importantes monumentos del siglo xiv en Barcelona (el monasterio de Pedralbes, la capilla de Santa Águeda, las iglesias de Santa Maria del Pi y Santa Ana, las atarazanas y el salón del Tinell) situaron a la ciudad en el centro de gravedad de esta versión del gótico, que tuvo otros ejemplares notables en el palacio real de Poblet y en las catedrales de Manresa, Tortosa y Girona, cuya nave es la más ancha que se conoce cubierta con bóveda de ojivas. La personalidad máxima de la escultura gótica catalana fue Pere Joan, activo en la primera mitad del siglo xv en Barcelona, Tarragona, Zaragoza y Nápoles. La escuela de pintura de Barcelona se inició con Ferrer Bassa (pinturas murales del claustro del monasterio de Pedralbes) y prosiguió con R. Destorrents, Ll. Borrassà, B. Martorell y J. Huguet.

Del Renacimiento al neoclasicismo

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Pintura (1955). Pintura matérica de Antoni Tàpies. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

En el siglo xvi comenzó un periodo de decadencia del arte catalán que se prolongó hasta el siglo xix . De esa época data la fachada del palacio de la Generalitat de Cataluña. La arquitectura barroca creó monumentos interesantes en Barcelona (patio de la casa de Convalecencia, iglesia de Belén, palacio de la Virreina), Vic, Girona (fachada de la catedral), Cervera (universidad), Tortosa (fachada de la catedral) y Lleida (catedral nueva), entre otras. La obra principal del neoclasicismo es la Lonja de Barcelona. La escultura del siglo xvi se debe en su mayor parte a artistas procedentes de fuera de Cataluña (trascoro de la catedral de Barcelona por B. Ordóñez, retablo de Poblet por D. Forment, sepulcro de R. Folch de Cardona en Bellpuig por G. da Nola). Dentro de la pintura barroca destaca A. Viladomat.

El modernismo y el arte contemporáneo

El siglo xix significó una recuperación del arte en Cataluña, marcado por tres aspectos. En primer lugar, el auge del urbanismo, especialmente en la ciudad de Barcelona (plaza Real, plaza de Medinaceli y plan Cerdà). En segundo lugar, la confluencia de una serie de pintores de gran prestigio nacional e internacional, como R. Martí Alsina, F. Vayreda, fundador de la escuela de Olot, y M. Fortuny. En tercer lugar, la eclosión a fines del siglo xix del modernismo catalán, una corriente que situó a Barcelona y otros focos, como Reus y Sitges, en un primer plano del arte europeo. Destacó sobre todo la arquitectura, con dos figuras principales, Gaudí y Domènech i Montaner, cuyas principales obras han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. A ellos se sumaron una serie de pintores (I. Nonell, R. Casas, S. Rusiñol, R. Canals, F. Gimeno, N. Raurich, J. Mir, H. Anglada Camarasa, X. Nogués, P. Picasso) y de escultores (J. Llimona, M. Blay, M. Hugué, J. Clarà) que propiciaron una nueva edad de oro del arte catalán. Ya en el siglo xx surgieron en el ámbito de las vanguardias personalidades de gran renombre internacional. Entre las primeras vanguardias destacaron S. Dalí, en el ámbito del surrealismo, y J. Miró, en el de la abstracción desde un perspectiva personal. Entre las segundas vanguardias, vinculados al informalismo, destacaron a partir de la década de 1950 el grupo barcelonés Dau al Set (A. Tàpies, J. Ponç, M. Cuixart y J. J. Tharrats), A. Clavé, J. Guinovart, A. Ráfols Casamada, A. Borrell y J. Hernández Pijuán. De entre las promociones de finales del siglo xx sobresalen los pintores J. P. Viladecans, E. Arranz Bravo, R. Lozano Bartolozzi, Zush, J. Grau, F. García Sevilla y M. Barceló. En el ámbito de la escultura, tres artistas han sido decisivos en la evolución contemporánea de este arte: J. González, P. Gargallo (de origen aragonés pero que trabajó siempre en esta comunidad) y Á. Ferrant. Otros escultores notables son M. Villèlia, J. M. Subirachs, X. Corberó y S. Aguilar. La arquitectura catalana contemporánea más allá del modernismo tuvo a J. Ll. Sert como uno de sus promotores gracias a su participación en el GATEPAC. Otros arquitectos relevantes son O. Bohigas, J. M. Martorell, J. A. Coderch, F. Correa, A. Milà y R. Bofill.

Forma de gobierno: Generalidad de Cataluña (Generalitat de Catalunya)

Superficie: 31.929.

Población: 6.506.440 h.

Capital: Barcelona (1.527.190 h.)

Provincias: Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona

Idioma: castellano y catalán

Municipios: 946

Comentario sobre los municipios: el 10,7 % con más de 10.000 h.

Dia de la comunidad: 11 de septiembre

Comentario del Dia de la comunidad: Diada

Tasa de actividad: 52,7

Aportacion al PIB: 100

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